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El duro entrenamiento de los comandos británicos

El colapso de Francia y la retirada británica de Dunkerque fueron amargos varapalos para los británicos. 1940 se presentaba como un año aterrador para el mundo. Europa caía rápidamente ante el imparable avance de las huestes de Hitler. La guerra relámpago, con sus ataques combinados de artillería, infantería, blindados y aviación cosechaba excelentes resultados para el Ejército alemán. Gran Bretaña se había quedado sola en la lucha contra el nazismo. Los británicos debían demostrar que no iban a limitarse un papel pasivo en la lucha contra Alemania, por lo que surgió la idea de crear un cuerpo especial: los comandos.


El teniente coronel Dudley Clark propuso al Primer Ministro británico Churchill la creación de los comandos: unidades entrenadas para atacar rápidamente desde el mar y sembrar el caos en las retaguardias alemanas. Inspirados en las guerrillas de los Boers, los británicos se pusieron manos a la obra.


Inicialmente, la instrucción de los comandos comenzó en Lochailort, Escocia. En aquellos remotos parajes, los comandos entrenaban hasta terminar exhaustos. El entrenamiento era terriblemente exigente, pues corrían marchas rápidas que superaban con creces la velocidad de la infantería convencional.


Se hacía gran hincapié en el combate cuerpo a cuerpo y en el asesinato silencioso. Ya en la parte final del entrenamiento cuerpo a cuerpo se les enseñaba a pelear hasta contra 6 hombres a la vez. De ahí que los comandos fuesen considerados individuos muy peligroso.


Un arma característica de los comandos era el cuchillo Fairbairn-Sykes, diseñado por los policías Fairbairn y Sykes, que habían servido en la policía de Shangai y tenían amplia experiencia en reyertas con las tríadas chinas. Estos dos ex policías se desempeñaron con brillantez instruyendo a los comandos en el asesinato silencioso y en la lucha cuerpo a cuerpo.


Llegado 1942, el centro de entrenamiento de los comandos se trasladó a Achnacarry (Escocia). Allí, tanto los comandos del Ejército como los de los Marines Reales, cumplieron sus duros periodos de instrucción.


Precisamente, llegar a ser un comando no era un proceso sencillo. Muchos no superaban la exigencia física de las pruebas y eran devueltos a sus unidades de origen. El final de muchos aspirantes podía llegar a ser más dramático, pues algunos murieron durante su entrenamiento. Los comandos practicaban con explosivos y munición real, lo que no permitía el más mínimo desliz. En Achnacarry, una pequeña parcela con cruces recordaba a los comandos que debían estar alerta si no querían acabar bajo tierra.


No solo se formaban en la lucha cuerpo a cuerpo, también entrenaban con armas de fuego y explosivos. Entre las armas más utilizadas por los comandos se encontraban el fusil Enfield, el subfusil Thompson, la ametralladora ligera Bren, la carabina silenciada De Lisle y la pistola Colt M1911.


A su paso por Achnacarry se convertían en expertos en asaltos anfibios y pasaban por aterradoras pruebas como el desliz mortal. Este desafío consistía en utilizar una cuerda a modo de tirolina para cruzar un río mientras las bombas explotaban a su alrededor.


El curso de los comandos concluía con ejercicio de incursión de 36 horas con asalto nocturno. Una vez superada la instrucción, se les entregaba la tan anhelada boina verde de comando.


El objetivo de este riguroso entrenamiento era prepararlos para misiones que rozaban lo imposible. Acciones como las incursiones en Vaagso y Saint Nazaire permitieron mantener vivo el espíritu de lucha entre los británicos. Y es que los comandos contribuyeron a mantener elevada la moral británica justo cuando Gran Bretaña era el último baluarte en la lucha contra el nazismo.

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