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El castillo Shuri, cuartel general del ejército japonés en la batalla de Okinawa

Junio 28, 2018

La guerra del Pacífico estaba en su fase final. El último paso antes de lanzarse a la conquista de las islas principales de Japón era la invasión de Okinawa. La defensa de tan importante enclave se le encargó al 32º Ejército nipón del general Ushijima.

Como parte de la Operación Iceberg, el 10º Ejército de Estados Unidos, dirigido por el general Buckner, tenía la misión de tomar Okinawa. Lo que había sido un enclave fértil y apacible, estaba a punto de convertirse en un inferno para estadounidenses y japoneses.


En Okinawa, con 96 kilómetros de largo por 29 de ancho, sus habitantes, con influencias culturales mongolas y chinas, se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Sin embargo, los administradores los despreciaban y los consideraban seres inferiores.


En una tierra tan frondosa abundaban especies vegetales como el bambú, el pino o el bayán. La población vivía en su mayoría en pequeños pueblos y en sus tierras se cultivaban el boniato, la caña de azúcar, arroz y judías. También disponían de cerdos, pollos y cabras que harían las delicias de los paladares de los estadounidenses durante la invasión.

 

Sin embargo, con la inminencia de la invasión, la tranquilidad se desvaneció y los japoneses comenzaron a fortificar la isla. En la construcción más emblemática de Okinawa, el castillo Shuri (en la imagen superior fotografiado en 1934), el general Ushijima estableció su cuartel general. Erigido en el siglo XV, el castillo Shuri, una espectacular fortaleza medieval de sólidos muros de piedra, se alzaba sobre uno de los puntos más elevados de Okinawa. Bajo tan imponente fortificación, los japoneses crearon una red de cuevas que les ofrecía una excelente protección ante los bombardeos estadounidenses.

 

El 1 de abril de 1945, el 10º Ejército del general Buckner desembarcó en Okinawa. Ante la imposibilidad de defender las playas, los japoneses optaron por aguardar al enemigo en las cadenas montañosas situadas en el sur de Okinawa. Tras unos primeros días en los que la invasión de Okinawa parecía más una excursión campestre que una campaña militar, los estadounidenses se toparon con una fortísima oposición japonesa.


Las lluvias torrenciales asolaron la isla, el terreno quedó enfangado y los cadáveres, tendidos a la intemperie, se pudrieron. La fetidez se extendió por el campo de batalla, entremezclándose los olores de la pólvora, la cordita, los cuerpos en descomposición y la inmundicia. Las condiciones tan miserables del campo de batalla erosionaron profundamente la moral de los combatientes, haciendo más dura su ya de por sí complicada existencia.


A costa de un intenso sufrimiento, el 10º Ejército estadounidense logró quebrar las líneas japonesas, avanzando directamente hacia el epicentro de las defensas niponas: el castillo Shuri.


La noche del 22 de mayo de 1945, mientras la inclemente lluvia repiqueteaba contra las almenas del imponente castillo, Ushijima y su estado mayor, se congregaron en una cueva al pie de la fortaleza medieval. Allí decidieron que la mejor opción era retirarse hasta la escarpadura que se extendía de Yaeju-Dake hasta Yuza-Dake. Allí podrían ofrecer una resistencia mucho más organizada.


El 29 de mayo de 1945, la compañía A del 1º Batallón, del 5º Regimiento de la 1ª División de Marines se infiltró a través de las líneas niponas por las proximidades del desfiladero de Wana. Una pequeña fuerza japonesa escaramuceó con los marines en el patio del castillo, pero los marines se las arreglaron para expulsar a los nipones. Con el castillo Shuri en su poder, los estadounidenses izaron la bandera confederada. Según el testimonio autobiográfico “Diario de un marine” del infante de marina Eugene B. Sledge, que combatió en Peleliu y Okinawa, los marines de los estados del norte se indignaron, los que pertenecían al oeste no sabían cómo reaccionar y los sureños prorrumpieron en gritos de júbilo. Finalmente, la enseña estadounidense que había ondeado en Guadalcanal terminó por izarse entre las ruinas del castillo Shuri.

Un marine procede a izar la bandera de Estados Unidos sobre las ruinas del castillo Shuri.


Alrededor de 200.000 proyectiles habían castigado los muros del castillo Shuri, que ante semejante tormenta de fuego, había quedado totalmente en ruinas. Solo unas pocas paredes habían quedado en pie al terminar la batalla.
En 1992, tan imponente fortificación fue restaurada y en el año 2000, el castillo Shuri fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.


El castillo Shuri en la actualidad.

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