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Gas venenoso, una nueva arma en la Primera Guerra Mundial

Marzo 18, 2019

La fase inicial de la Primera Guerra Mundial estuvo marcada por una guerra de movimientos, sin embargo, a medida que transcurrían los meses, los frentes se estancaron y los ejércitos cavaron trincheras. Una extensa línea de alambradas y trincheras dividía Europa. Los ejércitos de aquella época disponían de una gran potencia de fuego, pero tenían escasa movilidad. Ante semejante estancamiento, los alemanes buscaban una ventaja decisiva, por lo que terminaron recurriendo al gas tóxico.

Pese a que la Convención de la Haya, firmada tanto por alemanes y aliados prohibía expresamente el uso de gases tóxicos en la guerra, ambos bandos ignoraron aquel tratado. Todo comenzó con el gas lacrimógeno, que fue el primer elemento químico utilizado masivamente en la Primera Guerra Mundial. No era letal, pero producía irritación en los ojos y mucosas, suficiente para debilitar al enemigo.


La primera prueba a gran escala la llevaron a cabo los alemanes. El 31 de enero de 1915, en la batalla de Bolimov, los rusos fueron bombardeados con unos 20.000 proyectiles rellenos de bromuro de xililo líquido. Una vez bombardeadas las posiciones rusas, el gas se evaporó, pero las bajas temperaturas provocaron su congelación y lo neutralizaron.

Bombardeo con gas en el frente oriental en la Primera Guerra Mundial.


A pesar de este fracaso, los alemanes buscaron nuevos gases letales con los que dar un vuelco a la guerra. La respuesta estaba en el cloro, un subproducto de la industria de los tintes y que empleado como gas, producía efectos asfixiantes. Y es que Alemania era líder mundial en la producción de cloro. Los científicos del Instituto Kaiser Wilhelm de Berlín se pusieron manos a la obra y dieron con la forma de bombardear las trincheras enemigas, para lo cual emplearon nubes de cloro.


El 22 de abril de 1915, entre los bosques y praderas de Ypres, en un día primaveral, mientras el viento soplaba suavemente hacia las trincheras aliadas, los alemanes arrojaron cuatro mil cilindros de gas sobre las posiciones francesas. Una nube verdosa se dirigió hacia las trincheras aliadas. Los hombres trataron de protegerse las vías respiratorias con pañuelos en empapados en su propia orina. Muchos, asfixiados, se llevaron la mano a la garganta y se desplomaron ante los efectos asfixiantes del cloro. Las tropas, presa de pánico, huyeron ante la mortífera nube de gas. El ataque alemán había sido un éxito.


Sin embargo, el uso del gas tenía un inconveniente, si la dirección del viento cambiaba, podía volverse contra quienes lo utilizaban. También hay que señalar que para poder conseguir una nube tóxica era necesario un importante grado de saturación en el aire, para lo que era imprescindible disparar un elevado número de proyectiles.


Fritz Haber, el creador del uso militar del cloro, trató de solucionar estos problemas. El trabajo desarrollado por Haber le llevó a descubrir un gas mucho más letal: el fosgeno. Se trataba de un gas asfixiante e incoloro, que desprendía olor a heno, de ese modo, era mucho más difícil de detectar. Por ello, el fosgeno fue el agente químico que más muertes causó en la Primera Guerra Mundial. La muerte por fosgeno podía ser realmente agónica, pues un hombre afectado tardaba dos días en morir tras expulsar entre náuseas litros de baba amarilla.


Desafortunadamente, una vez más, la técnica y el ingenio fueron puestos al servicio del exterminio. En esta ocasión, los británicos crearon el proyector de gas Livens, que era un mortero muy útil para bombardear las posiciones enemigas con cilindros cargados de gas.

Tropas británicas junto a un proyector de gas Livens.


Un gas que causaba más pavor que el cloro y el fosgeno era el gas mostaza. Una vez más, su descubridor fue Franz Haber. El gas mostaza fue descubierto y utilizado por primera vez en 1917. No se trataba de un gas asfixiante, sino de un agente químico capaz de provocar ampollas y consumir la carne hasta llegar al hueso. Su simple contacto bastaba para producir horribles quemaduras en la piel, en los ojos y especialmente en los tejidos blandos (pulmones, tráquea, nariz, bronquios y genitales). Precisamente, los soldados escoceses, acostumbrados a utilizar sus característicos kilt resultaron muy afectados por el gas mostaza, por lo que recurrieron al uso de mayas femeninas para su protección.

Ametralladores de la Primera Guerra Mundial equipados con máscaras de gas para protegerse de los ataques químicos.


El temor a las quemaduras o a la ceguera agudizó el instinto de supervivencia y prevención de los combatientes. En las trincheras, para alertar de un bombardeo con gas, siempre había una campana o un objeto metálico, que era aporreado por un vigía cuando se producía un ataque químico.


Estar alerta era fundamental, pero la prevención también era clave, por lo que para protegerse de las quemaduras de los ataques químicos, comenzaron a utilizar ropas de cuero. Las formas de hacer frente al gas eran diversas y ya en 1916 se crearon las primeras máscaras de gas. Se trataba de mascarillas de caucho que contenían un paño empapado en agentes químicos que debía situarse sobre la nariz. Posteriormente, las máscaras se fueron perfeccionando, añadiendo cristales para proteger los ojos y un tubo unido a un cilindro con un filtro que permitía respirar.


Tanto alemanes como aliados emplearon gases venenosos a lo largo de la guerra. Se calcula que Alemania lanzó 78.000 toneladas de gases, por 32.000 de los franceses y 25.000 de los británicos, todo ello según el libro Breve Historia de la Primera Guerra Mundial, de Álvaro Lozano.

Soldados cegados temporalmente tras haber sufrido un ataque con gas venenoso.

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