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Okinawa, un último y sangriento escalón en la guerra del Pacífico

A medida que transcurría el año 1945, los estadounidenses se acercaban más a Japón. La apacible isla de Okinawa era el último obstáculo que debían salvar los norteamericanos antes de desembarcar en las islas principales de Japón. Cuanto más se acercaban a Japón, más encarnizada era la resistencia de los soldados nipones. Tarawa, Saipán, Peleliu e Iwo Jima eran nombres grabados a fuego en las mentes de los marines por la fiereza de los combates.

Situada al sur de Japón, con unos 97 kilómetros de largo por aproximadamente 30 de largo, Okinawa era una excelente plataforma desde la que iniciar la invasión de Japón. Al cargo de la defensa de Okinawa se encontraba el 32º Ejército japonés, comandado por general Mitsuru Ushijima.


Los nipones habían excavado una impresionante galería de túneles y refugios subterráneos en los que podían guarecerse de la potencia de fuego estadounidense. Por su parte, dispondrían del apoyo de miles de kamikazes dispuestos a estrellarse contra los buques norteamericanos. Todo ello sin olvidar que también contaban con numerosas embarcaciones suicidas. Es más, el acorazado Yamato, buque insignia de la Armada Imperial, aunque escaso de combustible, estaba preparado para intervenir en la batalla.


Por su parte, los estadounidenses contaban con el 10º Ejército del general Simon Bolivar Buckner, compuesto por cuatro divisiones del ejército de tierra y tres divisiones de marines. El apoyo naval le vendría brindado por la Task Force 58 y por la Task Force 57. Esto incluía a los británicos, que iban a participar con la Royal Navy en la campaña de Okinawa.


Para el desembarco se eligieron las playas de Hagushi y como fecha de inicio de la invasión se fijó el 1 de abril de 1945, denominado en clave como “el día del amor”.


Okinawa fue bombardeada por mar y aire y las islas Kerama fueron tomadas por la 77ª División de Infantería de Estados Unidos. Este archipiélago próximo a Okinawa constituía una excelente posición para emplazar la artillería y un buen fondeadero para los buques. Precisamente los estadounidenses encontraron cientos de embarcaciones suicidas al invadir las islas Kerama.


Tras un salvaje bombardeo, las tropas del ejército y de los marines desembarcaron encontrando una oposición prácticamente insignificante. Y es que, los japoneses al no poder defender las playas, habían decidido plantar batalla tierra adentro.

Los marines desembarcan en Okinawa.


Todos se preguntaban dónde estaban los japoneses. A su paso, los norteamericanos encontraron muchos civiles que, envenenados por la propaganda nipona, se habían suicidado por temor a las terribles atrocidades que podían cometer los estadounidenses.


El avance proseguía y los estadounidenses encontraban pueblos apacibles, tierras fértiles y disfrutaban dándose un festín con pollos y cerdos o montando en poni. Más que una invasión, parecía una excursión campestre.


Sin embargo, a medida que el 24º Cuerpo de Ejército marchaba hacia el sur, aparecieron los problemas. Los norteamericanos se toparon con una feroz oposición japonesa. Las líneas defensivas niponas se habían tornado impenetrables. Ushijima iba a vender muy cara su derrota.

En Okinawa el fuego de artillería era omnipresente.


Mientras se luchaba encarnizadamente en el sur, la 6ª División de Marines combatía en el norte y la 77ª División de Infantería se hacía con el control de Ie Shima. En ambos lugares, los combates fueron igualmente sangrientos.


Conscientes de que las tropas terrestres necesitaban el respaldo de la flota para proseguir con la invasión de Okinawa, los japoneses enviaron miles de pilotos kamikaze contra la Armada aliada. Los nipones atacaban en grandes oleadas tratando de estrellarse contra los barcos enemigos mientras los estadounidenses trataban de contenerlos disparando todos sus cañones antiaéreos.


Incluso el poderoso acorazado Yamato surcó las aguas para sumarse a la batalla. Escoltado por el crucero Yahagi y por ocho destructores, navegó en la que sería su última misión. Descubierto por la aviación estadounidense, terminó siendo hundido sin poder cumplir su objetivo.

Explosión del acorazado japonés Yamato.


En el sur de Okinawa, el frente permanecía estancado. La vapuleada 27ª División de Infantería tuvo que ser relevada por la 1ª División de Marines y las lluvias torrenciales asolaron la isla. Las condiciones de la batalla se tornaron terriblemente miserables. Los soldados vivían entre el fango, la inmundicia y los cadáveres en descomposición. El hedor que flotaba en Okinawa era el pestilente aroma de la muerte.


Lugares como el Monte Kakazu, el Monte Cónico, Pan de Azúcar, Tableta de Chocolate o el cerro de Wana se convirtieron en escenarios de auténticos holocaustos. El fuego de artillería era constante y la intensidad de los combates provocaba que muchos perdiesen el juicio. Romper las defensas japonesas de la Línea Shuri se estaba antojando un objetivo muy complicado para el 10º Ejército del general Buckner.


Hasta el momento, Ushijima había logrado contener al enemigo. Las ganancias estadounidenses eran escasas y las fortificaciones niponas continuaban en pie, constituyendo baluartes inexpugnables. Sin embargo, Ushijima cometió un error, pues el 4 de mayo emprendió un contraataque. Pese al ímpetu inicial de la contraofensiva, los resultados fueron funestos para las tropas japonesas.


Después, los estadounidenses atacaron por los flancos, cerniéndose sobre Shuri, que era el epicentro de la defensa japonesa. Así, con la principal línea defensiva desmoronándose, Ushijima decidió que opondría una desesperada resistencia final en el extremo sur de Okinawa.


El 31 de mayo los marines caminaban entre las ruinas del castillo Shuri. Por fin habían conquistado el emblemático centro neurálgico japonés. La batalla de Okinawa entraba en su fase final.

Soldados japoneses se rinden en Okinawa.


Realizando un ataque por mar en la península de Oroku, los estadounidenses tomaron un aeródromo y eliminaron una importante fuerza enemiga. Mientras tanto, el avance hacia el sur continuaba, directo hacia Yaeju-Dake. La limpieza de las posiciones niponas era lenta, metódica y sangrienta. Cada cueva, cada refugio y cada baluarte era neutralizado con lanzallamas y explosivos.


En los compases finales de la batalla, mientras el general Buckner inspeccionaba el frente, el fuego de artillería proyectó rocas coralinas que terminaron impactando en el pecho de Buckner. Así fue como el 10º Ejército perdió a su comandante. El fallecido Buckner fue temporalmente sustituido por el general Geiger hasta que, finalmente, el general Stilwell asumió el mando.


La batalla de Okinawa concluyó con la muerte de los generales de ambos bandos muertos. Así pues, el general Ushijima, ante lo inevitable e ignominioso de la derrota, se suicidó haciéndose el hara-kiri.


La batalla de Okinawa había terminado tras intensos y sangrientos combates. Los soldados de ambos bandos habían padecido lo indecible bajo la lluvia y entre el barro. Sin embargo, al drama de la batalla había que sumar la tragedia civil. Fueron muchos okinawenses los que perdieron la vida en el fuego cruzado. También sus casas y sus granjas fueron arrasadas. A ello había que añadir el cruel trato de las tropas del Ejército Imperial, pues los despreciaban y consideraban seres inferiores a los habitantes de Okinawa.


Tras neutralizar las últimas posiciones japonesas, Okinawa quedaba en manos estadounidenses. Los ojos de todo el mundo se posaron sobre Japón. Se habían trazado planes para una invasión que iba a ser especialmente sangrienta. Lo vivido por los norteamericanos en Okinawa les hacía presagiar un auténtico baño de sangre en Japón. Sin embargo, los bombardeos atómicos de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki terminaron por poner fin a la Segunda Guerra Mundial al precipitar la capitulación japonesa.

La batalla de Okinawa ha terminado y las tropas estadounidenses posan con banderas capturadas a los japoneses.

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