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La batalla de Stalingrado, un acontecimiento clave en la Segunda Guerra Mundial

A pesar de las espantosas pérdidas y del sufrimiento padecido por los alemanes durante el invierno, Hitler estaba decidido a acabar con la Unión Soviética. Tenía pensado relanzar su ofensiva en el frente oriental, pues consideraba que los rusos habían sufrido unas pérdidas irreparables.

Manteniendo la posición en el frente central, los alemanes pasarían al ataque de las regiones industriales. En junio, la Wehrmacht pasó al ataque. Una vez más, los alemanes volvieron a cosechar triunfos, ganando terreno gracias a sus tácticas de guerra relámpago. La invasión de la Unión Soviética volvía a recuperar su ritmo y vigor inicial.

Hitler ambicionaba el Cáucaso y Stalingrado, sin embargo, las fuerzas alemanas no eran suficientes para conquistar ambos objetivos. El 6º Ejército del general Paulus avanzaba inexorablemente hacia Stalingrado, mientras que el 4º Ejército Panzer del general Hoth marchaba rumbo al Cáucaso.

Al separar al 4º Ejército Panzer del 6º Ejército, los alemanes no iban a conquistar a tiempo Stalingrado. Hoth intentó virar el eje de su avance cuando Hitler le ordenó desplazarse hacia el norte, en dirección a Stalingrado. Sin embargo, la falta de suministros obligó al 4º Ejército Panzer a detenerse.

Mientras tanto, los soviéticos, ante el empuje alemán recibían la Orden 227, también conocida como la orden “¡Ni un paso atrás!”. Mediante esta orden, quienes retrocediesen serían ejecutados por cobardes, al tiempo que se creaban batallones penales. Quedaba claro que, si alguien osaba poner pies en polvorosa, recibiría disparos por cobarde. Y es que, tras las tropas, había destacamentos de bloqueo dispuestos a disparar a quien pretendiese abandonar el combate.

Por su parte, el 6º Ejército de Paulus, después de cruzar el río Don, había alcanzado la periferia de Stalingrado, situándose en el margen derecho del río Volga. Era 23 de agosto de 1942 y los alemanes comenzaban a internarse en la ciudad.

Paulus, el oficial al mando del 6º Ejército alemán en Stalingrado. A pesar de ser ascendido a mariscal de campo por Hitler, terminó por capitular con sus tropas cuando la situación militar era insostenible.

Los rusos estaban entre la espada y la pared. Los ejércitos soviéticos 62º y 64º luchaban desesperadamente en Stalingrado, tratando de mantener el control de la ciudad. Mientras tanto, el 4º Ejército Panzer de Hoth terminó enlazando con el 6º Ejército el 2 de septiembre.

Stalingrado había sido una ciudad moderna, de impecable diseño, pero los bombardeos de la Luftwaffe dejaron las calles llenas de escombros, los edificios se desmoronaban y, entre las ruinas y las barricadas, los soldados soviéticos aguardaban dispuestos a resistir.

Los combates callejeros eran desesperados, las posiciones rusas iban cayendo una tras otra. Se luchaba en las casas, en los sótanos, en las fábricas e incluso en las alcantarillas. Debido a los escombros, la infantería era la gran protagonista de los combates, pues los tanques se topaban con dificultades para avanzar por las calles.

El 29 de septiembre, el general Chuikov logró repeler a los alemanes en la zona industrial del norte. Los alemanes, reforzados con tanques y aviones, decidieron volver al ataque el 14 de octubre. Una vez más, los soviéticos se enfrentaban a una apurada situación, pues estaban en inferioridad numérica. Solo gracias a los refuerzos rusos enviados a través del Volga, pudieron defenderse de las acometidas alemanas. Finalmente, el 24 de octubre, el 6º Ejército se había atascado en las calles de Stalingrado.

Un cañón alemán abre fuego en Stalingrado.

La devastada ciudad rusa se había convertido en la capital de la guerra. Todos contenían el aliento ante las noticias que llegaban de Stalingrado. La batalla se había convertido en un maquiavélico duelo entre dos dictadores. Hitler quería tomar la ciudad de una vez por todas y dar un fuerte golpe moral a los rusos, mientras que Stalin deseaba a toda costa conservar la ciudad que llevaba su nombre.

Tropas alemanas entre las ruinas de Stalingrado.

A pesar de que los soviéticos se habían visto privados de buena parte de su industria, gracias al ferrocarril situado al este de la ciudad, disponían de buenas comunicaciones.

Mientras tanto, la guerra parecía dar un vuelco. En noviembre de 1942, el Afrika Korps de Rommel sufría una dura derrota en El Alamein, mientras que los angloamericanos desembarcaban en Marruecos y Argelia. Por su parte, los japoneses se encontraban con graves problemas en sus enfrentamientos con los marines estadounidenses en la isla de Guadalcanal.

Mientras los rusos hacían esfuerzos titánicos por mantener Stalingrado, el mariscal Zhukov había preparado una jugada maestra. En las retaguardias rusas aguardaban cuantiosos refuerzos, dispuestos para lanzar una ofensiva demoledora con la llegada del invierno. Se trataba de la Operación Urano.

La nieve cayó sobre Stalingrado y las temperaturas descendieron en picado. Los ríos se congelaron y el 19 de noviembre de 1942, los rusos pasaron al ataque. Los flancos del 6º Ejército alemán estaban guardados por soldados rumanos, húngaros e italianos. Estas tropas, pese a ser numerosas, eran de una calidad inferior a las fuerzas alemanas. Así, ante la ofensiva soviética, las tropas rumanas se desmoronaron.

El crudo invierno ruso llega y las tropas soviéticas pasan al ataque en Stalingrado.

El 6º Ejército corría el riesgo de quedar aislado. Los alemanes estaban pasando de ser los atacantes a ser los asediados. El Alto Mando alemán solicitó al Führer una retirada hacia el oeste. Hitler, partidario de defender el terreno conquistado a toda costa, denegó el repliegue. En su lugar, Hermann Göring, al frente de la Luftwaffe, prometió que sus aviones abastecerían al 6º Ejército. Sin embargo, el puente aéreo prometido por Göring resultaría ser totalmente ineficaz, lo que tuvo consecuencias fatales sobre los soldados alemanes en Stalingrado.

Por su parte, el mariscal de campo Erich Von Manstein tomó el mando de las fuerzas alemanas que debían socorrer al 6º Ejército. El Grupo de Ejércitos del Don de Von Manstein luchó por llegar hasta el 6º Ejército, sin embargo, no lograron socorrer a los hombres de Von Paulus en Stalingrado.

Mientras tanto, la situación en la ciudad se deterioraba. Los alemanes carecían de ropa de invierno, los alimentos comenzaban a escasear, los soldados morían de inanición y las temperaturas bajo cero hacían más insoportable la existencia de los hombres del 6º Ejército. El puente aéreo de Göring no estaba consiguiendo llevar a Stalingrado los suministros necesarios. La situación alemana se estaba agravando hasta tal punto que, cuando diciembre tocaba a su fin, los teutones no tuvieron más remedio que sacrificar a los caballos para poder comer.

Posiciones del 6º Ejército alemán, cercado en Stalingrado.

El 8 de enero de 1943, los soviéticos volvieron a pasar al ataque. El cerco se estrechaba sobre el exhausto 6º Ejército, que cada vez defendía un más reducido perímetro. El teniente general Rokossovsky formuló una oferta de rendición al general Paulus, pero el alemán la declinó.

Los tan necesarios aeródromos cayeron en manos soviéticas. El 25 de enero de 1943, los alemanes ya no disponían de campos de aviación desde los que ser abastecidos. Los heridos tampoco podían ser evacuados.

Con un inminente desenlace funesto de la batalla para los alemanes, el 30 de enero, Paulus fue ascendido a mariscal de campo. Se trataba de un dudoso honor, puesto que un mariscal nunca se había rendido. Paulus parecía abocado al suicidio. Pero Paulus no se suicidó, más aún, ordenó a sus hombres que no acabasen con sus vidas.

Ante lo insostenible de la situación, el 6º Ejército terminó por rendirse. Más de 90.000 hombres habían caído en manos de los rusos. Sin embargo, la brutalidad de los guardias soviéticos, las enfermedades, el frío extremo y la dureza de los campos de prisioneros provocaron que solo 5.000 hombres regresasen a casa. El propio Paulus sobrevivió a la guerra y al cautiverio, regresando a Alemania en 1952 y quedándose a vivir en la RDA.

Alemania había sufrido una de sus más estrepitosas derrotas en la guerra, jamás se recuperarían de la pérdida de una fuerza de combate tan poderosa como el 6º Ejército. Alrededor de 1.200.000 soldados soviéticos habían perdido la vida en Stalingrado.

Por su parte, el rey Jorge VI de Inglaterra, en reconocimiento a la lucha que habían sostenido los rusos en Stalingrado, entregó a los soviéticos una espada especialmente forjada.

Así, Stalingrado representaba una colosal catástrofe militar para los alemanes. La batalla pasaba a convertirse en el gran punto de inflexión que cambió la guerra, sumándose a batallas decisivas como El Alamein, Midway y Guadalcanal.

 

Niños esculpidos bailando como parte de la Fuente Barmaley en Stalingrado.

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