Si bien los hospitales británicos del sur de Inglaterra se hallaban preparados para recibir una avalancha de heridos, los soldados portaban paquetes individuales, con vendas, algodón absorbente, sulfamidas en polvo y pastillas.
En contra de lo que muchos piensen, solo entre el 25% y el 30% de las heridas se debían a impactos de bala. Lo cierto es que la mayor parte de las heridas se debían al fuego de los cañones y los morteros.
Tratar las heridas no era una labor sencilla. La inmundicia del campo de batalla o los fragmentos de uniforme podían contribuir a infectar las heridas. Las minas y la metralla amputaban extremidades.
La morfina contribuiría a calmar el dolor de los hombres heridos. Así, cuando a alguien se le administraba una inyección de morfina, se le escribía una M en la frente para evitar que recibiera dosis adicionales que pudieran resultar letales.

Ilustraciones de un manual militar estadounidense indican cómo administrar una inyección de morfina.
Por otra parte, la penicilina también resultó ser un suministro médico fundamental, pues ayudó a sobrevivir a entre un 10% y un 15% de los heridos. De hecho, la penicilina no solo salvaba a los soldados de la gangrena, sino que también les permitía recuperarse de infecciones por enfermedades venéreas.

La penicilina, un antibiótico utilizado durante la Segunda Guerra Mundial para tratar heridas de guerra y para curar enfermedades venéreas.
En las situaciones más apuradas, los médicos debían tomar la dura determinación de decidir quién podía ser atendido y quién no. Y es que, no siempre había tiempo y recursos para poder salvar a todos los heridos.
En el caso de las fuerzas aerotransportadas de los Estados Unidos, el personal sanitario que aterrizó sobre Normandía tenía por misión estabilizar a los heridos. Así, los paracaidistas heridos, tendrían que aguardar hasta que la infantería llegase a las playas y pudieran ser evacuados por mar.
En cuanto a la atención sanitaria de los paracaidistas, destaca el personal sanitario de la 6ª División Aerotransportada británica, que llegó a proporcionar atención médica a más de 3.000 heridos en tan solo dos semanas.
Las heridas físicas no eran las únicas penalidades a las que se enfrentaban quienes combatieron en Normandía. La brutalidad de los combates pasaba factura y solo nueve días después del desembarco, un 13% de los soldados sufrieron afecciones psiquiátricas. Antes de ser retirados, estos soldados eran atendidos por el Servicio de Psiquiatría del Ejército en los denominados “Centros de agotamiento”.
En cuanto a la evacuación, numerosas LST (Landing Ship Tank) fueron modificadas para transportar a los heridos. De este modo, estas embarcaciones transportaban literas y camillas junto a dos médicos y treinta auxiliares por cada lancha. Lo cierto es que, gracias a las LST con camillas era posible extraer hasta 300 heridos.

Embarcaciones LST en Normandía.
En las primeras oleadas iban los sanitarios con sus compañías, horas después, desembarcaba el personal sanitario del regimiento. Disponían de una compañía para evaluar y clasificar a los heridos y, posteriormente, con la playa asegurada, otra compañía comenzaba a dispensar atención médica. Gracias a ello, el personal sanitario de la división podía liberarse de cierta carga de trabajo y establecerse tierra adentro.
Cuando los heridos eran evacuados a Gran Bretaña, eran destinados a distintos tipos de hospitales en función de su gravedad. Siete hospitales con 1.200 camas se ocupaban de los pacientes más graves y otros 13 hospitales de tránsito con 6.550 camas evaluaban a los heridos. No obstante, el sistema sanitario de los aliados iba mucho más allá de los hospitales anteriormente mencionados, hasta tal punto que contaba con numerosos hospitales militares y territoriales adicionales.