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Sábado, 26 Septiembre 2026 12:41

La campaña de bombardeos sobre Japón

Con el objetivo de subyugar a Japón, el general Curtis LeMay dirigió una campaña de bombardeos aéreos. Para ello, contaba con un arma fundamental: el superbombardero B-29. Los B-29, también denominados Superfortalezas, tenían una autonomía de vuelo de 5.000 millas y podían cargar hasta 2.000 libras de bombas.
Desde finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, Japón se convirtió en la gran potencia asiática. Sus victorias en la guerra rusojaponesa y en la Primera Guerra Mundial hicieron del Imperio del Sol Naciente una potencia a temer. A partir de los años 20, el país experimentó un ascenso del militarismo y del nacionalismo más extremo. A través de una política expansionista, Japón pretendía librarse de la influencia occidental en el Pacífico.
Al igual que los ejércitos aliados, las potencias del Eje también crearon sus propias unidades especiales. Japón destacó en la Segunda Guerra Mundial por sus fuerzas aerotransportadas.
Los intereses geopolíticos y los conflictos dan lugar a alianzas insospechadas. En agosto de 1939, dos regímenes antagónicos como la Unión Soviética y el Tercer Reich suscribieron el denominado pacto Ribbentrop-Mólotov.
Napoleón decía que los ejércitos marchan sobre sus estómagos. Seguramente muchos soldados aliados en el frente de Aquisgrán coincidirían con Napoleón cuando, en septiembre de 1944, sus hambrientos estómagos empezaron a rugir. Aquellos soldados no tuvieron más remedio que echar mano de sus raciones de emergencia, consistentes en duras tabletas de chocolate amargo.
El Día-D fue un acontecimiento clave en la liberación de Europa. Lo ocurrido en las playas, pueblos y campos de Normandía llegó a las retaguardias mientras el mundo entero permanecía en vilo.
Con la Europa continental en manos de los nazis, éstos buscaban construir una vasta y extensa red de fortificaciones que les permitiera protegerse de un posible desembarco aliado. Alemania no podía permitirse desplegar grandes fuerzas en el oeste, pues requería a la mayor parte de su ejército en el frente ruso. Por ello, la solución pasaba por erigir el denominado “muro Atlántico”.
Léo Major fue uno de los más distinguidos soldados canadienses en la Segunda Guerra Mundial. A la postre, sus gestas le valieron el sobrenombre de el “Rambo de Quebec”. Y es que, él solo se bastó para derrotar a los alemanes en la localidad neerlandesa de Zwolle.
Con el fin de proteger sus fronteras de los ataques de las potencias occidentales, en 1938 Hitler ordenó construir la Línea Sigfrido, una línea defensiva que se extendía desde el norte de Holanda hasta la frontera alemana con Suiza. Para ello, sería necesario levantar 14.000 búnkeres, casamatas y defensas estilo “tobruk”.
Las huestes de la Wehrmacht no solo estaban formadas por soldados alemanes. Sus filas fueron engrosadas por hombres de muy diversa procedencia, como, por ejemplo, los georgianos que protagonizaron una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial en suelo europeo.