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David

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Cuando pensamos en la Segunda Guerra Mundial, nuestra mente evoca imágenes del Tercer Reich. Desde luego, los nazis han sido unos villanos muy comerciales. Sin embargo, en un segundo plano o incluso olvidado queda lo acaecido en el frente del Pacífico.

El 25 de agosto de 1944, después de una intensa lucha en Normandía, tropas de la 2ª División Blindada francesa, entre las que se hallaba la 9ª Compañía integrada por republicanos españoles, liberaban París. Las imágenes de Charles De Gaulle paseando por las calles de la capital francesa y de los soldados estadounidenses desfilando ante el Arco del Triunfo dieron la vuelta a todo el mundo. Parecían tiempos de esperanza, sin embargo, los males de París no finalizaron con la liberación.

Uno de los cuerpos especiales más célebres de la Segunda Guerra Mundial fueron los comandos británicos. Sus hazañas han dado lugar a numerosos libros y varios largometrajes. Sin embargo, no todo fueron éxitos, pues sus comienzos fueron difíciles.

En la noche del 5 al 6 de junio de 1944, los bomberos y los vecinos de la pequeña localidad normanda de Sainte-Mère-Église se afanaban por apagar los incendios. El Día-D había llegado y toda Normandía era un caos.

La playa principal también era de guijarros y los alemanes habían erigido muros para cerrar los pasos de la playa a la ciudad. Después del muro había una explanada de 200 metros hasta llegar a la primera línea de edificios.

Para los hombres del 14º Ejército que combatió en Birmania, los japoneses no fueron el único enemigo. El rigor de la jungla, las enfermedades, las serpientes, los insectos y la falta de alimento pusieron a prueba su resistencia física y mental.

Situada en el extremo oriental de la invasión de Normandía, Sword sería una playa tomada al asalto por fuerzas de la 3ª División de Infantería británica y por diversas unidades de comandos, muchas de ellas integradas en la 1ª Brigada de Servicios Especiales.

Una de las prisiones más duras para los aliados fue el castillo de Colditz. Ubicado sobre una colina, a orillas del río Mulde, en tierras alemanas, sus sólidos y altos muros, hicieron de Colditz un lugar del que escapar rozaba lo imposible. A pesar de ello, hubo audaces prisioneros que lograron fugarse.

En marzo de 1943, la campaña del norte de África atravesaba sus últimos capítulos en Túnez. Las fuerzas alemanas e italianas del Eje permanecían acorraladas en su reducto tunecino y estadounidenses y británicos se preparaban para dar la estocada final.

De acuerdo con las recomendaciones de un amigo, Hermann Giskes, evitando servir en la Wehrmacht, se enroló en el Abwehr, la inteligencia naval alemana. Su astucia y sus tretas harían de él uno de los alemanes más temidos.