Con el 6 de junio de 1944 tocando a su fin, Charles de Gaulle, líder de la Francia Libre, realizó una alocución radiofónica en la BBC. De Gaulle enardeció los corazones de los franceses señalando que “había empezado la batalla suprema” y que Francia, pese a haber sido “ocupada durante cuatro años no había sido vencida”.

Tropas canadienses desembarcan en Normandía.
Por el contrario, el mariscal Petain, al frente del régimen pronazi de Vichy, advirtió que “Francia se iba a convertir en un campo de batalla” y, que, para evitar represalias, los franceses acataran las órdenes del gobierno.
En París, el gobernador militar alemán, el general Stulpnagel, amenazaba a través de la radio francesa con disparar contra cualquiera que colaborase con los aliados al tiempo que les advertía de que serían tratados como bandidos.
El desembarco de Normandía suponía un acontecimiento sombrío para el Tercer Reich. En la capital alemana, las noticias indicaban que, siguiendo órdenes de los soviéticos, los aliados habían emprendido un “sacrificio sangriento” y advertían que les preparaban “un cálido recibimiento”. Bien es cierto que en la Alemania nazi eran pocos los que reunían el valor necesario para hablar del desembarco de Normandía y que la prensa germana instaba a los alemanes a continuar combatiendo.
Con la apertura de un segundo frente, los alemanes ponían fin a una tensa espera, pero, también, se adentraban en una nueva y lúgubre etapa para el régimen nazi. Las noticias procedentes de Normandía parecían dejar en segundo plano las colosales batallas del frente oriental. En este sentido, el desembarco de los aliados en Francia había hecho olvidar que los alemanes habían abandonado Roma. Curiosamente, el general Mark Clark, quien, el 4 de junio de 1944 había entrado triunfalmente con el 5º Ejército estadounidense en Roma, señaló: No nos han dejado en los titulares ni un solo día.

El general Mark Clark en Roma.
En Estados Unidos, durante la guerra de secesión, habían recurrido a los periódicos para informarse del devenir del conflicto. Pero, en la Segunda Guerra Mundial, las comunicaciones habían evolucionado considerablemente. Bastaba con encender la radio para escuchar los informes de los distintos frentes e incluso en un plazo de una semana podían llegar a visualizar películas censuradas. Sin embargo, lo que realmente aterrorizaba a muchas familias era recibir un fatídico telegrama de manos de un mensajero de la Western Union.
Andrew Higgins, fundador y propietario de Industrias Higgins, la compañía que fabricaba lanchas de desembarco para los aliados, envió un mensaje para sus trabajadores de la planta de Nueva Orleans. Higgins indicaba que era “el día que habían estado esperando” al tiempo que recordaba que la compra de bonos de guerra o la sangre donada también formaban parte del esfuerzo de guerra. Más aún, Higgins afirmó que podían enorgullecerse de que los desembarcos hubieran sido posibles gracias a las lanchas que sus empleados habían construido.

El empresario estadounidense Andrew Higgins.
El Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada publicó un escueto comunicado a las 09:32 horas informando de que los desembarcos en el norte de Francia habían comenzado.
Pese a la magnitud del desembarco y al comunicado de los aliados, las noticias llegaban lentamente y la población estaba ávida de información. Para los periodistas, familiarizarse de repente con la geografía francesa no fue una tarea sencilla. Mientras tanto, la Oficina de Información de Guerra se encargaba de censurar todos los aspectos relativos a las pérdidas humanas.
Después de la alocución del general Eisenhower, el rey de Noruega se dirigió a su pueblo. A continuación, los primeros ministros de Holanda y Bélgica hicieron lo propio. Sobre las 21:00 horas, el rey Jorge VI de Inglaterra habló para el pueblo británico desde el palacio de Buckingham. Por su parte, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt recurrió a los medios radiofónicos para congregar a los norteamericanos en una gran oración.
En Times Square, Nueva York, la gente se congregaba para leer las noticias que fluían por las pantallas. Todos estaban ansiosos por conocer nuevos detalles de la invasión. También en la Gran Manzana, los teatros de Broadway cerraron durante el día-D.

Times Square, Nueva York. Los transeúntes reciben noticias sobre el desembarco de Normandía a través de los mensajes que fluyen por las pantallas.
Tal era la magnitud de un acontecimiento como el día-D que, el rotativo New York Daily Mirror decidió prescindir de sus anuncios para dedicar más espacio a las noticias del desembarco de Normandía.
Las informaciones que llegaban desde Normandía también tuvieron su eco en los mercados. Después de guardar dos minutos de silencio, los negocios prosiguieron y se vendieron 1.193.080 acciones. Así pues, el periódico económico Wall Street Journal advirtió el 7 de junio de un cambio en la economía estadounidense. Pronto se haría necesaria una reconversión de una economía de guerra hacia una economía centrada en otro tipo de necesidades.
En Londres, el primer ministro británico Winston Churchill atrajo la atención de los parlamentarios y del pueblo británico. En su discurso dirigido a la Cámara de los Comunes, tras comenzar informando sobre la reciente entrada de los aliados en Roma, el primer ministro británico anunció que se habían producido los primeros desembarcos en Europa y que todo transcurría según lo planificado. Al caer la tarde, Churchill decidió poner al corriente a Stalin, a quien informó de la buena marcha de los desembarcos. Precisamente, en Moscú, la población recibió la noticia con júbilo. El ambiente de alegría en la capital rusa era tal que los restaurantes estaban abarrotados.

Portada del 6 de junio de 1944 del Honolulu Star-Bulletin (cortesía de Joan Parés).