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Irán en la Segunda Guerra Mundial, una historia de ocupación, hambruna y epidemias

Marzo 01, 2026
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Irán se posicionó como un país neutral. Sin embargo, desde los años 30 existían fuertes recelos en el país, pues su población estaba hastiada del sometimiento al Imperio Británico.

La posición geográfica de Irán hizo que el país cobrase importancia para los aliados, pues los británicos solo podían abastecer a los soviéticos desde unas rutas que necesariamente debían pasar por Persia.

 

El 17 de agosto de 1941 solicitó a las autoridades iraníes la expulsión de los alemanes y los italianos. El primer ministro Alí Mansur se negó a aceptar tal exigencia, pues suponía un acto de sumisión y atentaba contra la constitución.

Como consecuencia de ello, estalló el conflicto y 150.000 soldados soviéticos y 50.000 británicos e indios invadieron el país. La invasión comenzó el 25 de agosto de 1941. Se trataba de una agresión injustificable contra un estado que se había declarado neutral.

Las tropas soviéticas y angloíndias barrieron a los 200.000 hombres del ejército iraní. El 17 de septiembre las fuerzas de 1941 angloíndias y soviéticas tomaban Teherán, la capital de Irán. Los problemas para la población iraní iban a comenzar durante la ocupación.

Encuentro entre tropas soviéticas y británicas en Irán.

 

Entre buena parte de los iraníes existía un sentimiento proalemán, mientras que solo una pequeña parte de la sociedad persa era favorable a los aliados. El sah Rezâ Palavi fue depuesto, capturado y enviado a un cautiverio en Sudáfrica donde falleció en 1944. Por su parte, el proaliado Mohammad Palavi ocupó el trono iraní.

La ocupación trajo consigo la represión, la Administración iraní fue purgada y los disidentes fueron perseguidos y arrestados. Los soviéticos espolearon a las minorías étnicas para que se lanzaran contra los chiitas. A finales de 1941 se produjeron las primeras protestas por la escasez de alimentos y por la falta de servicios básicos.

Al igual que Gran Bretaña y la Unión Soviética, Estados Unidos también se sumó a la ocupación enviando fuerzas militares. Así, los británicos llegaron a confiscar 100.000 toneladas de trigo. El país fue saqueado, pues, como parte de una flagrante ilegalidad, Gran Bretaña se hizo con el control del sector automovilístico, así como también monopolizó el té, el azúcar y los productos textiles.

Tropas indias en la refinería de Abadán.

 

Británicos y estadounidenses vaciaron de alimentos los almacenes iraníes mientras los soviéticos robaban arroz en el Azerbaiyán persa. La escasez de alimentos provocó un aumento desbocado de la inflación, incrementándose los precios de los alimentos en un 75% y alcanzando un aumento del 450% de los precios.

Las autoridades de ocupación y, en particular sir Joseph Sheridan, designado ministro de Suministros del Oriente Medio, desoyeron las súplicas de alimentos procedentes de Irán. Se enviaron cantidades de alimentos ínfimas que ni de lejos daban para cubrir las necesidades alimenticias de la población iraní.

La escasa industria textil también fue confiscada por los soviéticos y las prendas escaseaban, sobre todo en el Azerbaiyán Persa, una zona caracterizada por sus rigurosos inviernos. Muchos campesinos fueron sacados de sus tierras para trabajar en el corredor persa, abandonando los campos de cultivo tan necesarios para la producción de alimentos.

En medio de una desastrosa ocupación 150.000 polacos deportados por la Unión Soviética llegaron a Irán. Muchos de ellos llegaban famélicos o afectados por el tifus, el cólera y la disentería. Irán carecía de recursos para alimentar a su población y se encontraba con 150.000 personas a las que atender. La ayuda internacional y las medicinas reunidas por el general Anders permitieron dar respuesta a las necesidades de los polacos. A pesar de ello, buena parte de los alimentos iraníes fueron destinados a los refugiados polacos. El traslado de los polacos hacia Gran Bretaña, la India, África y Siria permitió mitigar levemente la situación.

Niño polaco refugiado en Irán.

 

Con las reservas de alimentos menguando a niveles alarmantes, los problemas comenzaron a medida que los iraníes se adentraban en el año 1942. El trigo, imprescindible para obtener el pan, escaseaba. También faltaban la carne y los cereales.

Los agricultores y ganaderos morían de hambre y la catástrofe llegó a las ciudades. En la capital morían de hambre 80 personas al día, mientras que la hambruna se cobraba 90 muertos diarios en Abadán. En localidades como Kerman, Shiraz y Yedz no había pan. Las panaderías permanecían cerradas en Teherán. El pan se convirtió en un artículo de lujo.

En la zona de ocupación soviética también faltaban los alimentos y, para mayor desgracia, los rusos confiscaron los caballos. Persas, kurdos y armenios malvivían con 250 gramos de pan al día o, en su defecto, con 250 gramos de patatas.

Tropas soviéticas en Irán.

 

Con la finalidad de mantener activo el corredor persa, los aliados requisaron 3556 de un total de 5500 camiones iraníes y se los repartieron con los soviéticos y las fuerzas colaboracionistas de ocupación iraníes. Incluso 200 autobuses fueron requisados.

La falta de vehículos de transporte permitía abastecer únicamente a una pequeña fracción del país. Las provisiones no llegaban puntualmente y muchos suministros tenían que ser transportados por bestias de carga que eran mucho más lentas que los vehículos motorizados.

Los pozos también fueron esquilmados y una sedienta muchedumbre se presentó ante las fuerzas estadounidense en la base de Atterbury. Como respuesta, los norteamericanos dispersaron al tumulto abriendo fuego contra la multitud y causando muertes entre la población civil.

Grace Dreyfus, la esposa del coronel estadounidense Louis G. Dreyfus, en Teherán. En medio de una cruel ocupación, hubo espacio para la gente noble como Grace Dreyfus, quien distribuyó ayuda humanitaria entre los iraníes.

 

La hambruna dio lugar al pillaje y numerosos grupos de bandidos se lanzaron al asalto de granjas y pequeños pueblos.

Al rigor de la hambruna se sumaron las penalidades de las enfermedades. En medio de un frío invierno, el tifus proliferó. Las fuerzas de ocupación denegaron la distribución de vacunas entre la población. El Ministerio de Salud iraní requirió vacunas para 1 millón de personas, pero Estados Unidos únicamente respondió enviando 100.000 dosis. Estas vacunas fueron retenidas en Irak por el Ministerio de Suministro del Oriente Medio, que alegaba que los iraníes estaban magnificando las cifras de la epidemia. Para colmo de males, 4.000 dosis proporcionadas por el filántropo persa Morteza Khosrovschachi no salieron de los muelles del puerto de Nueva York.

Los aliados retenían las vacunas argumentando que no querían arriesgar la salud de sus tropas atendiendo las necesidades de la población iraní. Así, las vacunas fueron acaparadas por las tropas británicas, estadounidenses y soviéticas, llegando solo 72.000 dosis a una población iraní con más de 1 millón de enfermos de tifus.

Iraníes forzados a trabajar cargando sus propios trenes confiscados durante la ocupación del país.

 

El tifus estaba omnipresente en las calles y los comercios, los cines y cafés fueron cerrados en medio de una dramática epidemia. Así, el tifus se cobró entre 15.000 y 20.000 vidas en Teherán. De hecho, se calcula que el tifus provocó unas 700.000 muertes en Irán.

La ausencia de medicinas también provocó numerosas muertes y otras enfermedades como la viruela, la difteria, la malaria, la fiebre tifoidea, el sarampión, la sífilis y las paperas causaron estragos.

Con el ejército iraní siendo desmovilizado mientras tenía lugar una terrible hambruna en 1942, los soldados se ocultaron entre la población. El general Fazlollah Zahedi organizó una guerrilla contra los ocupantes. De este modo, los acantonamientos de las tropas colaboracionistas iraníes y de las fuerzas de ocupación fueron atacadas. En este contexto, los alemanes enviaron agentes y oficiales para alentar a la insurrección de los iraníes.

Fuerzas soviéticas y británicas en Irán.

En el verano de 1942, la presencia de tropas alemanas en el Cáucaso animó a los insurrectos a seguir emprendiendo ataques. El 8 de diciembre, en Teherán los estudiantes tomaron las calles exigiendo pan y el pueblo se les unió en sus reivindicaciones. Se produjeron numerosos disturbios y las propiedades británicas y estadounidenses fueron atacadas.

El ejército iraní reprimió con dureza las manifestaciones, cargando contra su propio pueblo con tanques y caballos y emplazando ametralladoras y artillería. Las protestas se saldaron con 20 iranís muertos, 156 detenidos y 700 heridos.

En 1943, la insurgencia iraní sufrió severas derrotas y cientos de iraníes favorables a los alemanes fueron arrestados. Pese a los varapalos sufridos, la denominada “rebelión Hamad Rashid” de 1943 capitaneada por el guerrillero Hamad Rashid consiguió controlar importantes extensiones próximas al corredor persa. Animado por sus éxitos Rashid planteó una batalla en campo abierto y sufrió una catastrófica derrota en la batalla de Mariwan. Perseguidos por las tropas iraníes, los guerrilleros huyeron a Turquía.

Los aliados impusieron una estricta censura a las noticias procedentes de Irán, empleándose aún con más celo que a la hora de ocultar la terrible hambruna de Bengala. Tan solo algunas pequeñas noticias en las páginas de menor importancia de los diarios informaban de lo sucedido en Persia. Bien es cierto que cientos de oficiales angloamericanos destinados en Irán protestaron por las injusticias cometidas por los aliados en Irán.

Aviones proporcionados por Estados Unidos en el aeródromo de Abadán.

 

Las insistentes peticiones de ayuda de las autoridades iraníes y de ciertos oficiales aliados pusieron fin al expolio y supusieron la destitución de sir Joseph Sheridan, uno de los principales culpables de aquella catástrofe humanitaria. Finalmente llegaron alimentos de Estados Unidos, Canadá, Egipto, Argentina, Australia, Sudáfrica y Palestina. Asimismo, se incrementó la dotación de transportes motorizados para mejorar el abastecimiento del país.

La hambruna finalizó entre finales de 1943 y comienzos de 1944. En cualquier caso, entre 3 y 4 millones de iraníes fallecieron durante la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte como consecuencia de la falta de alimentos, las epidemias y las luchas civiles y los enfrentamientos con las fuerzas de ocupación.

 

 

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