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En 1940, con la conquista alemana de Francia y la retirada del Ejército británico en Dunkerque, Gran Bretaña se hallaba en una posición muy delicada. Negando a asumir un papel pasivo y permanentemente a la defensiva, el primer ministro británico Churchill autorizó la creación de los comandos. Estos hombres estaban entrenados en el asesinato sigiloso, el combate cuerpo a cuerpo, el manejo de armas de fuego y explosivos. Los comandos eran una fuerza ideada para lanzar rápidos ataques desde el mar y provocar el caos en las retaguardias alemanas. Fueron muchos los hombres excepcionales que pasaron por sus filas, pero quiero hablaros de uno en particular: Jack Churchill.

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El 1 de octubre de 1943 entraron las tropas aliadas en la ciudad de Nápoles. Los italianos recibieron con efusividad a sus liberadores británicos y estadounidenses, atrás quedaba el reinado de terror instaurado durante la ocupación alemana. Los aliados encontraron una ciudad destruida: el puerto, la central telefónica, los puentes de la ciudad, los generadores y las subestaciones eléctricas habían sido demolidos. En su retirada, los alemanes tuvieron tiempo para las atrocidades culturales: la biblioteca de la Real Sociedad Italiana fue quemada y los archivos municipales y cincuenta mil volúmenes de la Universidad de Nápoles corrieron la misma suerte. Sin embargo, la llegada de los aliados parecía traer tiempos mejores. Ésto no resultó ser así, la vida en el Nápoles de 1943 y 1944 estaba lejos de una liberación idílica.

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