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Golpe de mano de los marines en la isla de Makin

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos encadenó una serie de dolorosas derrotas, mientras que los japoneses lograban expandir rápidamente su imperio en Asia y el Pacífico. Los bombardeos de Doolittle sobre Japón contribuyeron a levantar la moral norteamericana y el triunfo estadounidense en la batalla aeronaval de Midway puso freno a la avalancha nipona. Así pues, los marines se preparaban para dar un golpe de mano en el Pacífico.

Los raiders, que formaban parte del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, debían atacar la isla de Makin, situada en el archipiélago de las Islas Gibert. La incursión en Makin debía desconcertar a los japoneses. La pequeña isla era un objetivo perfectamente asumible para los raiders, pues se enfrentaban a una reducida guarnición.


Para evitar ser detectados, los raiders serían transportados hasta Makin a bordo de dos submarinos. Sin embargo, los sumergibles USS Nautilus y USS Argonaut debían ser lo suficientemente sigilosos en su aproximación, dado que debían evitar los sonares de los buques nipones.

Más de doscientos hombres de las compañías A y B del 2º Batallón de Raiders debían ser los encargados de llevar a cabo la incursión. Llegado el 8 de agosto de 1942, la fuerza de asalto partió de Pearl Harbor, directos hacia Makin.
A pesar de un desembarco difícil, marcado por la confusión y por un fuerte oleaje, sobre las 05:00 horas del 17 de agosto de 1942, los raiders lograron llegar a tierra. Los estadounidenses comenzaron a avanzar con cautela y se produjeron algunos disparos. Sin embargo, se trataba de las tropas de la compañía B, que se toparon con los soldados de la compañía A.


En su camino se encontraron con los nativos, quienes no parecían muy dispuestos a luchar contra las tropas de ocupación niponas. Finalmente, los nativos terminaron por advertirles que las fuerzas japonesas se encontraban más al suroeste.


Mientras avanzaban, un camión japonés cargado con una veintena de soldados se aproximaba a los estadounidenses a través de la carretera. El vehículo se detuvo. Los nipones calaron bayonetas y marcharon hacia los raiders, que permanecían ocultos entre la vegetación. Con el sol de frente, de repente, los japoneses cayeron bajo una tormenta de plomo. Los francotiradores nipones, bien ocultos entre las palmeras causaron un buen número de bajas entre los raiders.


Dos ataques directos contra las posiciones estadounidenses fueron totalmente inútiles. Las bajas japonesas fueron terribles, sin embargo, los raiders, temerosos de lo que pudiese ocurrir, permanecieron a la expectativa.


Un grupo que se había extraviado durante el desembarco intentó establecer contacto con la fuerza principal. Escucharon el sonido de los disparos e intentaron unirse al grueso de los raiders. Dos exploradores trataron de encontrar un camino que les llevase hasta los hombres del teniente coronel Carlson. Solo uno de ellos logró reunirse con la fuerza principal, pero al no regresar junto a los hombres extraviados, estos continuaron aislados.


Los raiders extraviados decidieron avanzar en bloque hacia sus compañeros, atacando un campamento japonés en construcción y acabando con la vida del comandante de la guarnición enemiga. Los hombres perdidos encontraban entre los japoneses y sus compañeros raiders. A pesar de ello, se las arreglaron para neutralizar una ametralladora y destruir varios vehículos nipones.


La intervención de la pequeña fuerza de hombres perdidos había provocado el más absoluto desconcierto entre las filas japonesas. Mientras tanto, a pesar del fuego de los francotiradores, se evacuaba a los heridos hacia un punto de atención médica.


Los japoneses estaban en alerta y se temía la llegada de refuerzos. Sin embargo, el submarino USS Nautilus se encargó de destruir dos buques nipones. Sobre las 11:30 los estadounidenses alzaron la vista al cielo con preocupación al percatarse de la presencia de aviones de reconocimiento enemigos. Conscientes del peligro, los submarinos norteamericanos se ocultaron bajo el agua.


Llegaron más aviones y lanzaron ataques contra los raiders desplegados en Makin. Tras los ataques aéreos, dos hidroaviones aterrizaron, pero los raiders se emplearon a fondo y lograron destruirlos.


Dejando de lado algunos objetivos menores de la misión y con la llegada del atardecer, el teniente coronel Carlson decidió que había llegado el momento de retirarse.


Una vez más los japoneses volvieron a emprender ataques aéreos contra los incursores estadounidenses. Las bombas estallaron entre las palmeras y obligaron a los submarinos a permanecer bajo el agua. La situación era desesperada, pues a los estadounidenses se les acumulaban los heridos y sus soldados estaban dispersos. Las agujas del reloj corrían en contra de los raiders, podían llegar más refuerzos japoneses y nuevos ataques desde el aire.


Los hombres de Carlson, agrupados en la playa, extrajeron las lanchas, subieron a bordo a los heridos y vigilaron los alrededores. Con la oscuridad cayendo sobre Makin, los submarinos Nautilus y Argonaut emergieron para evacuar a los raiders.


No todas las lanchas consiguieron llegar hasta los submarinos. Muchos tuvieron que desistir y regresar a la playa, donde, escasos de municiones, tuvieron que contener los ataques japoneses como buenamente pudieron. Algunos incluso barajaron la posibilidad de rendirse, pero finalmente se optó por establecer un nuevo punto de evacuación. El segundo intento de evacuación, llevado a cabo el 18 de agosto, tuvo más éxito, aunque aquella mañana aún quedaban unos treinta hombres en tierra.


Con la llegada de la luz del día volvió a aparecer la aviación japonesa y los submarinos volvieron a sumergirse. Los estadounidenses no se rindieron, registraron la isla, buscaron entre el material japonés abandonado, recogieron armas y alimentos y lograron hacerse con motores para sus lanchas. Al anochecer pudieron alcanzar los submarinos y emprender el trayecto de regreso a Pearl Harbor.

Los marines regresan de la incursión en la isla de Makin.


Un total de 19 estadounidenses habían muerto en la incursión y 9 habían desaparecido, mientras que los japoneses habían perdido más de 40 hombres.


El exitoso golpe de mano de los raiders gozó de una gran publicidad en Estados Unidos y el teniente coronel Carlson, que había dirigido la misión, fue condecorado con la Cruz Naval.


Pese al éxito táctico de la incursión, el ataque de los raiders de Carlson no logró desviar fuerzas japonesas hacia frentes secundarios. Los japoneses eran conscientes de que, por aquel entonces, el gran interés estratégico de los Estados Unidos se encontraba en la isla de Guadalcanal. Es más, aprendiendo la lección, los nipones fortificaron sus islas. Prueba de ello es que los marines estadounidenses tuvieron que hacer frente a una encarnizada resistencia durante la batalla de Tarawa.

El teniente coronel Carlson junto al mayor Roosevelt. El mayor James Roosevelt, además de participar en el ataque a Makin, era el hijo del presidente Franklin D. Roosevelt.

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