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Anzio y Montecassino, un amargo peaje en sangre en el camino a Roma

La invasión aliada de Sicilia en julio de 1943 propició la destitución de Mussolini y por temor a dejar el flanco sur desguarnecido, Alemania procedió a ocupar militarmente Italia. Mientras tanto, la invasión aliada de Italia proseguía, con el 5º Ejército estadounidense de Clark desembarcando en Salerno y el 8º Ejército británico atravesando el estrecho de Messina.

El avance de los aliados a través de la península itálica comenzó a ralentizarse debido a la orografía montañosa y a la férrea defensa germana. Británicos y estadounidenses quedaron detenidos por la línea Gustav, que se extendía desde Ortona hasta la desembocadura del río Garigliano en el mar Tirreno. El punto fuerte y el gran escollo para los aliados era Montecassino, que era el núcleo duro de las defensas alemanas y permitía controlar la carretera que conducía a Roma.

Los primeros ataques llevados a cabo en enero de 1944 no lograron rodear Cassino. Así, Clark decidió dar un respiro a sus tropas hasta emprender un nuevo ataque para rodear Cassino el 12 de enero. El 2º Cuerpo de Estados Unidos junto con el 10º Cuerpo de Gran Bretaña, respaldado por el Cuerpo Expedicionario francés, lanzarían un gran ataque para atraer a las fuerzas alemanas. Mientras tanto, el 6º Cuerpo de Estados Unidos desembarcaría a espaldas de los alemanes, tras la línea Gustav, en un lugar llamado Anzio.

El 22 de enero los aliados desembarcaron en Anzio para golpear en las retaguardias enemigas y conquistar las estratégicas colinas Albanas. Tanto la 3ª División de Infantería de Estados Unidos como la 1ª División de Infantería británica encontraron una escasa resistencia. Todo parecía ir viento en popa, pero el general Lucas, al mando de las fuerzas aliadas en Anzio, no se decidía a avanzar. No había prácticamente tropas alemanas entre la posición aliada en Anzio y Roma. Si bien es cierto que, si se hubieran aventurado a marchar hasta Roma, las dos divisiones aliadas habrían sido aplastadas, pues los alemanes podían enviar sus reservas rápidamente.

Las fuerzas aliadas desembarcan en Anzio.

 

Sin embargo, un competente mariscal Kesselring comenzó a movilizar a las tropas alemanas, dejando encerrados a los aliados en su pequeño perímetro de Anzio. La artillería alemana comenzó a bombardear la cabeza de puente aliada en Anzio y para cuando el general Lucas decidió pasar al ataque, un desastroso enfrentamiento terminó con la destrucción de la fuerza ranger. No mucho después de la debacle de los rangers en Anzio, el general Lucas sería sustituido por el general Truscott, un comandante mucho más tenaz. El primer ministro británico Churchill se refirió al avejentado general Lucas diciendo que había esperado un gato montés y había encontrado una ballena varada.

Los alemanes fueron incrementando la presión mientras los aliados desembarcaban refuerzos para mantener su perímetro en Anzio. Todo lo que separaba a los alemanes del mar era una castigada y delgada línea de soldados de infantería. En Anzio, la batalla se caracterizó por los duelos de artillería. Gracias al eficaz uso que el 6º Cuerpo hizo de su artillería pudo resistir los contraataques alemanes. Tampoco hay que olvidar que los aliados gozaban de una más que considerable superioridad aérea.

Llegado el 1 de marzo, el coronel general Eberhardt von Mackensen, al mando del 14º Ejército alemán, comunicó al mariscal Kesselring que carecía de las fuerzas necesarias para expulsar a los aliados del perímetro de Anzio. La situación se estancó, pues los aliados tampoco eran lo suficientemente fuertes como para abrir una brecha en las líneas alemanas. Mientras tanto, las lluvias dejaban embarrados los campos de batalla de Anzio.

Soldados estadounidenses se ponen a cubierto del fuego de artillería alemán en Anzio.

 

Al mismo tiempo, la lucha no cesaba en Montecassino. El 25 de enero, el general Clark apostó por un ataque frontal contra Cassino. Ante el 5º Ejército de Estados Unidos se hallaban apostadas las fuerzas del 14º Cuerpo Panzer del teniente general Fridolin von Senger und Etterling. Los alemanes habían erigido una serie de fortificaciones, campos minados y alambradas que hacían de Cassino una posición inexpugnable. La 34ª División de Infantería estadounidense se encargó de llevar el ataque. El resultado fue una pesadilla para la 34ª División que quedó diezmada y, a pesar de la ferocidad con la que combatían los soldados norteafricanos de la Francia Libre, los alemanes continuaban manteniendo la posición.

Con el 5º Ejército estadounidense exhausto tras los enervantes combates en Montecassino, el general Clark tuvo que aceptar con reluctancia que las tropas del 8º Ejército británico se encargasen de la toma de Cassino.

El general neozelandés Freyberg solicitó bombardear el monasterio benedictino del siglo XIV que se alzaba sobre Montecassino. Sostenía Freyberg que el monasterio era empleado por los alemanes como puesto de observación artillero. El 15 de febrero la abadía fue atacada por más de 220 bombarderos. A la catástrofe humanitaria de la guerra había que añadir un nuevo desastre cultural.

La abadía de Montecassino completamente arrasada tras los bombardeos aéreos.

 

Pero los alemanes, pese a estar aturdidos por tan salvaje bombardeo, permanecían dispuestos a continuar resistiendo entre los escombros. Así, cuando las tropas indias atacaron el 16 de febrero, sufrieron las mismas desgracias que sus compañeros estadounidenses.

Los alemanes gozaban de excelentes posiciones de tiro y los soldados aliados debían atravesar caminos estrechos, abrirse paso a través de un terreno escarpado y soportar la inclemente lluvia. Igualmente, la aguerrida 2ª División de Nueva Zelanda tuvo que afrontar durísimos combates en Montecassino.

Paracaidistas alemanes capturados por soldados neozelandeses en Montecassino.

 

Los alemanes también padecían lo indecible y sus reservas comenzaban a agotarse. Con ambos bandos exhaustos, hubo una pausa en la lucha por Montecassino.

Así pues, el general Freyberg preparó un nuevo ataque contra Cassino, con la 4ª División india atacando desde el este y la 2ª División de Nueva Zelanda atravesando el pueblo con el respaldo de la 4ª Brigada Blindada de Nueva Zelanda. Precedidos por un gran bombardeo de artillería, los infantes neozelandeses se lanzaron al asalto, batiéndose en furiosos combates con los fallschrimjägers alemanes de la 1ª División Paracaidista. Los tanques neozelandeses se quedaron atrás y entre las ruinas se vivió una auténtica pesadilla.

Atacando en frentes excesivamente angostos, los aliados detuvieron su ofensiva el 23 de marzo. Tantos ataques frontales habían sido inútiles. En vista de lo ocurrido, el general Alexander, al frente de las fuerzas aliadas en Italia, se percató de que era necesario lanzar una monumental ofensiva para quebrar la línea Gustav.

El 11 de mayo comenzó un nuevo ataque, con el 2º Cuerpo polaco batiéndose valientemente contra los tenaces paracaidistas alemanes que defendían Montecassino. Tras una serie de durísimas batallas, el 18 de mayo de 1944 los polacos se hacían con el control de la destruida abadía. A estas alturas, la línea Gustav se había resquebrajado y la presión que sufrían los alemanes era sencillamente insoportable. La batalla de Montecassino había costado 105.000 bajas a los aliados y 80.000 a los alemanes.

Paracaidistas alemanes abren fuego de mortero en Montecassino.

 

Por su parte, en la cabeza de playa de Anzio, los estadounidenses también pasaban al ataque. Pese a que el general Clark tenía la orden de cortar la retirada alemana, la ciudad de Roma se le presentaba como un atractivo objetivo. Así pues, Clark ordenó a sus tropas marchar rumbo al norte, hacia la capital italiana.

El 4 de junio de 1944, los soldados estadounidenses entraban triunfalmente en Roma. La ciudad, aunque de escaso valor estratégico, sí que tenía un gran valor político y propagandístico. Mientras tanto, los alemanes se retiraban rumbo al norte, donde resistirían en la línea Gótica.

El triunfo que había representado la liberación de Roma se desvaneció rápidamente, pues el 6 de junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía. De este modo, la campaña de Italia pasaba a quedar en segundo plano, con Europa noroccidental convirtiéndose en el principal foco de atención.

Tras un amargo peaje en sangre en los campos de batalla de Montecassino y Anzio, las tropas aliadas caminan por las calles de Roma. En la imagen se aprecia la insigne Plaza Venecia.

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