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Operación Downfall, el plan para el asalto final a Japón

Comenzaba el año 1945 y la Segunda Guerra Mundial tomaba un cariz muy negativo para Japón. Mientras tanto, los estadounidenses continuaban desarrollando el Proyecto Manhattan: la bomba atómica. Por otra parte, los mandos militares ultimaban una invasión convencional de Japón, la denominada Operación Downfall.

Despegando desde sus bases en las Islas Marianas, los bombarderos norteamericanos arrasaban las endebles viviendas japonesas de madera, papel y paja. Muchos creían que, con tan destructivos ataques aéreos, Japón terminaría sucumbiendo.

Sin embargo, el Estado Mayor Conjunto había ideado el asalto a las islas principales de Japón. Así, la Operación Downfall se dividiría en dos fases: la Operación Olympic, que comprendía el asalto a la isla de Kyushu y la Operación Coronet, que significaba la invasión de la isla de Honshu y, por ende, la conquista de Tokio.

El asalto a las islas principales de Japón requeriría de un colosal esfuerzo, pues los desembarcos alcanzarían unas dimensiones superiores a la invasión de Normandía. Un total de 14 divisiones tomarían parte en la invasión de Kyushu, mientras que 25 divisiones serían empleadas para tomar Honshu.

Ante los asaltantes norteamericanos, los nipones se disponían para una fanática resistencia, con unos 10.000 kamikazes listos para estrellar sus aviones contra los buques de la Armada de los Estados Unidos. También los japoneses habían planeado utilizar numerosas lanchas suicidas contra los barcos enemigos. El objetivo consistía en causar tales estragos en la flota estadounidense que las tropas terrestres no pudieran llegar a desembarcar.

También los civiles debían contribuir a la defensa de su patria. Mujeres, ancianos y niños armados con lanzas de bambú y sin entrenamiento militar se integrarían en la defensa local. En Japón se llegó a hablar incluso de “la gloriosa muerte de los cien millones”. Por el contrario, el venerado Emperador y el Estado Mayor japonés quedarían a buen resguardo de los bombardeos en un cuartel general erigido bajo tierra.

El asalto a Japón se presentaba como un desafío terrible para los atacantes estadounidenses. Las experiencias en Okinawa e Iwo Jima habían demostrado que los nipones lucharían por cada palmo de suelo patrio, preparados para recurrir a toda clase de tácticas suicidas. De hecho, en Iwo Jima, las bajas estadounidenses superaron a las bajas japonesas.

Con el fallecimiento del mandatario estadounidense Franklin D. Roosevelt en abril de 1945, la presidencia de los Estados Unidos había quedado en manos de Harry S. Truman. Sobre sus hombros recaía la decisión de ordenar el asalto final a Japón.

Corría el 18 de junio de 1945 y la batalla de Okinawa daba sus coletazos finales. Era evidente que el siguiente paso era la conquista de las islas más importantes de Japón. Los estadounidenses solo aceptarían la rendición incondicional del Imperio de Japón y por delante se les presentaba una sangrienta campaña militar. Reunidos en la Casa Blanca, el presidente Truman y sus asesores, optaron por pedir la rendición japonesa. Si los nipones se negaban, una terrible y nueva arma arrasaría Japón.

Okinawa, escenario de una intensa lucha entre japoneses y estadounidenses. La invasión de aquella isla solo era un aperitivo de la carnicería que podían encontrar los norteamericanos al lanzarse a la invasión de las principales islas de Japón.

Mediante la Declaración de Potsdam, el 26 de julio de 1945, el presidente Truman, el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente chino Chiang Kai-Shek, se formalizó este ultimátum. De hecho, esta declaración, en forma de ultimátum, pese a no mencionar explícitamente las bombas atómicas hablaba de la “pronta y total destrucción” de Japón.

Los japoneses decidieron proseguir la lucha y el 6 de agosto de 1945 la primera bomba atómica (Little Boy) fue lanzada sobre la ciudad de Hiroshima. El presidente Truman continuó insistiendo en que los japoneses debían aceptar los términos de la Declaración de Potsdam. De nuevo, la catástrofe se cernió sobre Japón. De los cielos llovió la segunda atómica (Fat Man), que cayó sobre la ciudad de Nagasaki un 9 de agosto de 1945.

Bombardeos atómicos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

 

Los efectos de las bombas atómicas fueron devastadores sobre la población civil y sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Cientos de miles de personas murieron durante la explosión y fruto de la radiación, lo que causó el desarrollo de patologías como el cáncer y la leucemia.

Un 15 de agosto de 1945, con Japón asolado por una implacable campaña de bombardeos aéreos y desgarrado por las bombas atómicas, el Imperio de Japón se rendía incondicionalmente. En lugares como Okinawa, donde los soldados estadounidenses se preparaban para la invasión se respiró con alivio. La Operación Downfall ya no sería necesaria tras un horrible colofón atómico a la Segunda Guerra Mundial.

Rendición japonesa a bordo del USS Missouri.

 

 

 

 

 

 

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