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Hitler, una historia de drogas y problemas de salud física y mental

Sigmund Freud, considerado el padre del psicoanálisis, al estudiar el caso de Adolf Hitler en 1895, cuando el futuro dictador solo tenía 6 años, recomendó su ingreso en una institución de salud mental. El pequeño Hitler sufría pesadillas en las que caía al abismo o en las que era perseguido, capturado y azotado. Sin embargo, el padre de Hitler se opuso a su ingreso en un psiquiátrico. Y es que, el padre de Hitler sometía a su hijo a un intenso maltrato físico y psicológico.

Adolf Hitler durante su infancia.

 

Un informe realizado por la OSS (organismo de espionaje precursor de la CIA) del psiquiatra Henry Murray en 1943, señaló que Hitler era incapaz de mantener relaciones humanas normales y que era imposible esperar piedad alguna por parte de él. Se diagnosticó que Hitler sufría esquizofrenia y neurosis, además de ser descrito como una persona rencorosa y vengativa. Otro informe elaborado por el profesor de la Universidad de Cambridge, Joseph MacCurdy indicaba que Hitler tenía un complejo de mesías y que su odio a los judíos iba en aumento a medida que transcurría la guerra. Sin embargo, ambos informes presentan deficiencias, pues los psiquiatras no se entrevistaron personalmente con Hitler.

En octubre de 1918, Hitler servía con el ejército alemán en el frente occidental, en Flandes. Los británicos bombardearon las trincheras alemanas con gas y Hitler fue expuesto a una cantidad no letal de aquella sustancia tóxica. Pese a que Hitler afirmó tener los ojos como carbones incandescentes y solo ver oscuridad, su ceguera no era física sino psicosomática. Se trataba, por tanto, de un caso de ceguera histérica. En este sentido, en la primavera 1944, cuando la guerra ya había tomado un curso adverso para Alemania, Hitler confesó a su ministro de Armamento Albert Speer que sentía temor de sufrir un nuevo pánico cegador.

Hitler durante la Primera Guerra Mundial.

 

Más allá de sus evidentes alteraciones mentales, Hitler padeció la enfermedad de Parkinson. Ya en los años 30 se apreciaron los primeros síntomas, pues en el largometraje El triunfo de la voluntad (1934) se aprecia que Hitler apenas mueve la mano izquierda. Estos síntomas se tornaron más agudos a medida que la guerra empeoraba para Alemania. En el tramo final de la Segunda Guerra Mundial, Hitler se sometió a un chequeo médico y, en enero de 1945, el doctor Max de Crinis, diagnosticó que Hitler sufría la enfermedad Parkinson. Bien es cierto que este diagnóstico nunca se le llegó a comunicar a Hitler.

Hitler en la Cancillería en 1933.

 

Hitler sufrió dolores de estómago, trastornos circulatorios, además de consumir masivamente medicamentos como pastillas para dormir, antigripales, cápsulas de vitaminas, caramelos de eucalipto y preparados para la digestión. Su médico, el doctor Morell, un especialista en enfermedades venéreas, le inyectaba sulfamidas, hormonas, glucosa y productos glandulares. Dentro de este cóctel de inyecciones destaca la testosterona.

Hitler, pese a no fumar y ser vegetariano, además de ser adicto a los fármacos, también estaba enganchado a las sustancias psicoactivas. Además de lo anteriormente mencionado, el doctor Morell le inyectaba metanfetamina y le suministraba cocaína. Si bien la metanfetamina estimulaba a Hitler, para que pudiera descansar se le administraban potentes sedantes como el bromo y los barbitúricos. Un claro ejemplo de los efectos de las drogas sobre Hitler fue que, el 6 de junio de 1944, el día en que los aliados desembarcaron en Normandía, levantarlo de la cama fue una tarea titánica.

Otra de las drogas que tomaba Hitler era el Eukodal, un analgésico y antitusígeno, primo hermano de la heroína y que contenía oxicodona. Así, el Eukodal actuaba como un potente estimulante. De hecho, el doctor Giesing, tras el fallido intento de atentado contra Hitler, le administró una solución que contenía un 10% de cocaína durante dos meses y medio.

Hitler, junto a Mussolini, visita los restos de la escena del atentado que sufrió el 20 de julio de 1944.

 

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