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Las mortíferas trampas del Vietcong

En su lucha contra las tropas estadounidenses, el Vietcong y el Ejército Popular de Vietnam agudizaron el ingenio y recurrieron a diabólicos ingenios. Para ello, emplearon trampas que podían mutilar, herir gravemente y matar.

Bien es cierto que las trampas no eran una novedad, pues, en la Segunda Guerra Mundial, los japoneses ya habían utilizado las temidas estacas de bambú o estacas punji.

Estacas punji.

 

Los estadounidenses debían desplazarse con precaución, pues cada palmo de terreno podía albergar una mortífera sorpresa. Un paso en falso podía costarles muy caro. Y es que, los vietnamitas dejaban cartuchos enterrados en el suelo, de tal manera que solo sobresaliera la punta del proyectil, mientras que el fulminante se apoyaba sobre un clavo. De este modo, al pisar el proyectil, la bala hería al soldado que la había pisado.

Las estacas y los pinchos también mantenían en vilo a los estadounidenses. Así, los pinchos metálicos se armaban sobre tablas y eran rociados de veneno y excrementos, lo que incrementaba el riesgo de que las heridas desembocasen en gangrena. Las tablas con pinchos se colocaban de tal manera que, cuando un soldado pisaba la trampa, los pinchos se le clavaban en las piernas.

Las estacas podían ocultarse en hoyos ocultos por la vegetación. No obstante, los puentes sobre pequeños cauces fluviales o sobre los campos de arroz también podían esconder peligros letales. Para ello, se serraba el puente por la mitad y se cubría el hueco con barro. Así, los soldados, se precipitaban a las estacas afiladas que se hallaban en el agua.

Las trampas de látigo resultaron una pesadilla infernal para quienes combatieron en Vietnam. Un fragmento de bambú doblado en tensión permanecía fijado a la superficie. Si el alambre se desprendía de las calzas, el látigo terminaba empalando a quien se hallase por delante.

Un mecanismo muy similar al de las trampas de látigo eran las piedras recubiertas de pinchos. Si se tiraba del alambre, las consecuencias podían ser funestas.

El impacto psicológico de las trampas era innegable, pues aumentaban el miedo y la desconfianza de los soldados. Asimismo, también provocaban un aumento del deseo de represalias por parte de los norteamericanos. De hecho, hay combatientes estadounidenses que emplearon a partidarios del Vietcong como detectores de trampas.

Un artefacto letal y muy simple eran las granadas unidas a los alambres. Este tipo de trampas eran situadas en los caminos. Todo ello obligó a los estadounidenses a evitar transitar los senderos. No obstante, un importante número de granadas defectuosas no estallaron y permitieron evitar la muerte a muchos estadounidenses.

Adentrarse en una casa también entrañaba riesgos, pues las granadas se enterraban a escasa profundidad y se unían con un alambre a la puerta. Al abrir la puerta, el soldado que irrumpiese en la habitación se llevaría una más que desagradable sorpresa.

Una ingeniosa trampa vietnamita, una granada oculta en un libro.

 

Especialmente devastadoras resultaban las granadas que se dejaban sobre los arcos de bambú con un alambre anclado a la superficie. La metralla podía provocar terribles heridas en la cabeza. Sin embargo, estas trampas eran fáciles de detectar de día, aunque al caer la noche, podían causar estragos.

 

Una granada oculta en una caña de bambú.

 

Las dotaciones de los blindados tampoco se libraron de pasar miedo. El temor a las minas era tal que el fondo de sus vehículos era cubierto con sacos de arena. El Vietcong aprovechó estas circunstancias para colgar ristras de bombas de mano situadas entre dos palos en las carreteras.

Los vietnamitas también valoraron qué terrenos podrían ser utilizados por los estadounidenses como zonas de aterrizaje para sus helicópteros. De hecho, clavaban estacas con granadas alrededor de las zonas de aterrizaje.

La vasta red de túneles tendida por los vietnamitas les permitió guarecerse de los ataques estadounidenses. Ahora bien, la entrada a estas galerías subterráneas estaba protegida por pinchos y estacas que podían resultar letales para las “ratas de túnel” (soldados estadounidenses de escasa envergadura especializados en destruir túneles vietnamitas). Asimismo, las entradas también albergaban minas y granadas que podían hacerse explotar a distancia.

El sargento Ronald H. Payne, un rata de túnel en Vietnam, se dispone a adentrarse en los túneles subterráneos del Vietcong.

 

Ciertas entradas a los túneles obligaban a colgarse de las manos antes de saltar al interior. A la altura de los ojos había una rendija. A través de aquella ranura podía accionarse una lanza mediante un alambre o bien manualmente por un vietnamita.

Los túneles de Cuchi, Vietnam.

 

Los estadounidenses incluso debían ser precavidos con las latas de sus raciones C, pues no podían arrojar las latas en cualquier lugar. El Vietcong utilizaba aquellas latas para preparar trampas explosivas. Por ello, se recomendaba a las tropas estadounidenses que aplastasen las latas de sus raciones.

El impacto de las trampas sobre la moral era demoledor. Las heridas que provocaban eran especialmente estrepitosas. Los soldados evitaban transitar los caminos, se volvían más agresivos y desconfiados con la población y las operaciones militares avanzaban a un ritmo más lento.

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