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El Muro Atlántico, la gran barrera alemana fortificada frente a los desembarcos aliados

Con la Europa continental en manos de los nazis, éstos buscaban construir una vasta y extensa red de fortificaciones que les permitiera protegerse de un posible desembarco aliado. Alemania no podía permitirse desplegar grandes fuerzas en el oeste, pues requería a la mayor parte de su ejército en el frente ruso. Por ello, la solución pasaba por erigir el denominado “muro Atlántico”.

Una tarea tan ambiciosa como fortificar la costa Atlántica requería un despliegue de colosal de recursos. En vista de ello, la Organización Todt, dedicada a la construcción de infraestructuras y fortificaciones militares, asumió semejante proyecto. Todo ello implicaba construir unas 15.000 fortificaciones, para lo cual se necesitaban 11 millones de toneladas de hormigón y 1 millón de toneladas de acero.

La batería costera de Longues-sur-Mer, Normandía.

 

Semejantes trabajos de construcción y fortificación requerían una ingente cantidad de mano de obra. Para ello, Alemania y el régimen de Vichy recurrieron a los trabajadores forzosos. Así, entre ellos, decenas de miles de exiliados españoles en Francia fueron obligados a trabajar en la construcción del Muro Atlántico.

Los alemanes debían fortificar y defender los más de 5.000 kilómetros que iban desde las costas del golfo de Vizcaya hasta Noruega. De hecho, el malogrado desembarco aliado de Dieppe del 19 de agosto de 1942, incrementó las preocupaciones alemanas sobre una posible invasión.

El escenario de la catástrofe un 19 de agosto de 1942. En las playas de Dieppe, Francia, se observa el sangriento fracaso del desembarco aliado.

 

Para ello, se erigieron numerosas fortificaciones y se instalaron baterías de costa. Los cañones de la Línea Maginot e incluso los de la Línea Sigfrido fueron enviados a la costa.

Entre algunas de las baterías de costa que defendían Normandía destacaban Pointe du Hoc, Longues-sur-Mer o Merville entre otras. Semejantes baterías estaban dotadas de tal potencia de fuego y alcance que podían hacer peligrar un desembarco aliado.

Rangers estadounidenses en Pointe du Hoc en junio de 1944.

 

Los llamados “Wiederstandnester” o nidos de resistencia cubrían las playas. Se trataba de puntos fortificados que combinaban casamatas, búnkeres, trincheras, puestos de observación y que estaban dotados de ametralladoras, morteros y cañones.

Las fortificaciones alemanas fueron erigidas en posiciones elevadas como promontorios y acantilados. De ese modo, los defensores disponían de una mejor visibilidad.

Hitler, con una mentalidad táctica propia de la Primera Guerra Mundial, quería frenar el desembarco en las playas. Por su parte, ante la escasez de tiempo y de recursos, Rommel optó por sembrar las playas de obstáculos. Así pues, se cavaron zanjas anticarro y se instalaron erizos checos, que eran obstáculos antitanque conformados por tres vigas de acero. También a pie de playa, las puertas belgas, con dos metros de alto por tres de ancho, actuaban como grandes estructuras metálicas creadas para detener el paso de los vehículos y frenar posibles desembarcos.

Imagen de una puerta belga, un elemento defensivo ampliamente utilizado por las fuerzas alemanas en la costa atlántica.

 

Pero eso no era todo. Rommel había preparado desagradables sorpresas para los aliados. Numerosos troncos miraban al mar apoyados sobre otros troncos que formaban un trípode. A estas estructuras iban adosadas las mortíferas minas Tellermine 42.

Los dientes de dragón, unos obstáculos de hormigón en forma de pirámide truncada, serían utilizados para frenar el avance de los carros de combate aliados.

La defensa de las playas no era la única preocupación de los alemanes. La posibilidad de un ataque con fuerzas aerotransportadas era algo que también generaba inquietud en los defensores de Normandía. En vista de ello, tierra adentro se desplegaron los llamados “espárragos de Rommel”, postes que podían llevar adosadas minas y explosivos.

Semejantes defensas fueron reforzadas por interminables kilómetros de alambradas tendidas a lo largo de las costas francesas, a lo que había que añadir millones de minas.

Los erizos checos, obstáculos empleados para detener el paso de los carros de combate.

 

Antes del desembarco de Normandía, el frente occidental había sido considerado un destino tranquilo. La comida era buena, el clima era mucho más apacible que la hostil meteorología de la Unión Soviética y los soldados luchaban contra el tedio en medio de aburridas guardias. Solo los ataques aéreos de los aliados les hacían ser conscientes de que allí, se libraba una guerra.

 

 

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