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Del embargo petrolero a Japón al ataque a Pearl Harbor

Desde finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, Japón se convirtió en la gran potencia asiática. Sus victorias en la guerra rusojaponesa y en la Primera Guerra Mundial hicieron del Imperio del Sol Naciente una potencia a temer. A partir de los años 20, el país experimentó un ascenso del militarismo y del nacionalismo más extremo. A través de una política expansionista, Japón pretendía librarse de la influencia occidental en el Pacífico.

El expansionismo japonés encontró su respuesta por parte de Estados Unidos. Las relaciones diplomáticas comenzaron a deteriorarse y el embargo petrolero impuesto en 1941 terminaría conduciendo a la guerra entre ambas naciones. Para los nipones, una medida como el embargo petrolero equivalía a la guerra.

Antes del comienzo de las hostilidades entre Japón y Estados Unidos, la economía japonesa mostraba una gran dependencia de las importaciones de petróleo. De hecho, mucho antes del ataque a Pearl Harbor en 1941, Japón ya había mostrado sus ambiciones expansionistas sobre los yacimientos petrolíferos de las Indias Orientales holandesas.

El emperador Hiro Hito preside un desfile militar japonés en 1938.

 

Con Francia y Holanda derrotadas y Gran Bretaña preparándose para defenderse de una posible invasión, los japoneses se prepararon para mover ficha en el escenario del Pacífico. El 27 de mayo de 1940 la Conferencia de Coordinación acuñó el término “gran esfera de prosperidad”. Aquella gran esfera comprendía los territorios de Tailandia, Malasia, las Indias Orientales holandesas y Birmania.

La 4ª Flota de Japón se preparó para atacar las Indias Orientales holandesas mientras se trazaban planes para invadir las Filipinas y Malasia. El débil gobierno colaboracionista de la Francia de Vichy permitió que las fuerzas japonesas se establecieran en Indochina. El 27 de septiembre de 1940, Saburo Kuruso, en calidad de embajador de Japón en Berlín, firmaba la adhesión al pacto tripartito de las potencias del Eje.

Tropas japonesas en Saigón en 1941.

 

En vista de los movimientos políticos y diplomáticos de los japoneses, el presidente estadounidense Roosevelt prohibió las exportaciones de combustible, lubricantes, chatarra de hierro y acero a Japón. Por su parte, Holanda se negó a abastecer de petróleo al Imperio de Japón ante las desorbitadas demandas niponas de petróleo.

El presidente Franklin Delano Roosevelt en 1940.

 

El embargo petrolero limitaba las opciones de un Japón acorralado. Las sanciones no tardarían en lastrar gravemente su economía. Mientras tanto, los estadounidenses lograron descifrar el código “Púrpura” japonés. Los mensajes japoneses eran francamente preocupantes, pues sus fuerzas se preparaban para una gran guerra en el sudeste asiático.

Roosevelt optó por decretar el embargo de las exportaciones petrolíferas y congeló los activos japoneses en Estados Unidos. Gran Bretaña y Países Bajos, inspirados por el gobierno estadounidense, implementaron medidas idénticas.

Para el gobierno japonés la situación era dramática. Si no conseguían levantar el embargo antes de la primavera de 1942, la economía nacional se hundiría.

Si bien el embargo había sido planificado con cierta flexibilidad, permitiendo desbloquear fondos para adquirir petróleo, el subsecretario de Estado Dean Acheson denegó todas las peticiones japonesas. El secretario de Estado norteamericano Cordell Hull se percató de esta situación en septiembre de 1941. Era demasiado tarde para retractarse, pues cualquier cesión a Japón podría ser vista como un síntoma de debilidad.

Nomura (izquierda), Hull (centro) y Kurusu (derecha).

 

Mientras los militares japoneses parecían ponerse de acuerdo en sus planes de guerra, el príncipe Fumimaro Konoye solicitó una entrevista con el presidente Roosevelt. El intento de Konoe por evitar el conflicto fracasó y el 16 de octubre de 1940 presentó su dimisión. De este modo, el poder quedaba en manos del belicista y fanático general Hideki Tojo.

El general Hideki Tojo y su gabinete tras acceder al poder en 1941.

 

En las siguientes semanas, tuvieron lugar numerosas acciones diplomáticas y negociaciones. Los japoneses ofrecieron su retirada de Indochina a cambio de la retirada del embargo petrolero y el fin de la ayuda estadounidense a China.

Tras consultar con sus aliados británicos, australianos y holandeses, el secretario de Estado norteamericano Cordell Hull propuso la retirada japonesa de China e Indochina, aunque, a cambio, podrían mantener Manchuria. Decepcionados, los diplomáticos japoneses regresaron a su país. Estados Unidos y Japón se precipitaban al abismo de la guerra.

Los movimientos de las Armada Imperial de Japón eran cada vez más inquietantes. Todo indicaba que se preparaban para golpear en algún punto del Pacífico. Los militares temían que Singapur o las Filipinas pudieran ser atacados.

En realidad, las fuerzas armadas de Japón pretendían infligir un golpe letal a la flota estadounidense en el Pacífico. El almirante Isoroku Yamamoto había planeado un gran ataque sorpresa contra la base naval estadounidense de Pearl Harbor.

El almirante Yamamoto, el estratega que diseñó el ataque a Pearl Harbor.

 

El 1 de diciembre de 1941 el Consejo Imperial japonés, convencido de que la nación estaba en peligro, respaldó el ataque sorpresa planificado por Yamamoto. Por aquel entonces, la flota japonesa ya había navegado durante cinco días rumbo a las islas Hawái.

El 6 de diciembre la Inteligencia Naval estadounidense descifró parte de un mensaje japonés destinado a la embajada de Washington. Semejante mensaje debía ser transmitido a las 13 horas del 7 de diciembre. Aquello significaba la guerra. Era sábado 6 de diciembre de 1941 y el contenido del mensaje no fue transmitido a los comandantes de la Armada y del Ejército. Mientras Washington amanecía, los primeros aviones japoneses surcaban los cielos para atacar Pearl Harbor.

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