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Ataque del SAS a Sidi Haneish

En la primavera y en el verano de 1942, tras sufrir un grave varapalo en la batalla de Gazala, el 8º Ejército británico se había visto obligado a retirarse Egipto. Malta, que servía como base aérea para los británicos también estaba amenazada por los ataques de la aviación del Eje. La situación era desesperada para Gran Bretaña.

David Stirling, al frente del SAS (Servicio Aéreo Especial), recibió la orden de atacar los aeródromos del Eje en Libia. Si los hombres de Stirling lograban destruir los aviones alemanes, reducirían la presión que ejercían las fuerzas aéreas alemanas en el Mediterráneo.

David Stirling, el creador del Special Air Service (SAS).


El 26 de julio de 1942, los hombres del SAS se pusieron en marcha, surcando el vasto desierto a bordo de sus jeeps equipados con ametralladoras Vickers. El convoy de Stirling adoptó una formación irregular, tratando de evitar la estela de polvo de los vehículos que iban en cabeza, situándose a izquierda o derecha de los primeros jeeps.


Al abrigo de la oscuridad, la fuerza que comandaba Stirling se aproximó al aeródromo de Sidi Haneish. Las tropas del SAS efectuaron una parada y comprobaron que las armas y vehículos estaban a punto. Stirling informó a sus hombres de que debían avanzar sin superar los 7 kilómetros por hora, formando una línea y abriendo fuego en abanico. Posteriormente tenían que formar dos columnas, disparando hacia el exterior contra los aviones emplazados en el aeródromo.


La fuerza móvil británica reanudó su trayecto y pasó entre blindados y cadáveres. Era evidente que estaban atravesando los restos de un antiguo campo de batalla. Unas luces destacaron en la oscuridad. La luz fue sucedida por el zumbido de un avión.


Los vehículos del SAS formaron una línea y se prepararon para cargar contra el aeródromo. Uno de los jeeps quedó atascado en una zanja. Sus tripulantes se vieron obligados a abandonar el jeep y subieron a otros vehículos.
Stirling y sus hombres irrumpieron en el aeródromo disparando contra todo lo que encontraban a su paso. Las explosiones y los destellos de las trazadoras rasgando el aire, iluminaron la noche. Los SAS sembraban el caos a cada metro que avanzaban.


Siguiendo con el plan, los vehículos de Stirling formaron en dos columnas. Los aviones, inmóviles sobre las pistas, representaban blancos fáciles para los SAS. Las Vickers escupían plomo de manera incesante y los aviones se incendiaban. Una vez llegaron al final del aeródromo, Stirling ordenó a sus hombres efectuar un rodeo en busca de nuevos objetivos.


Dejándose llevar por la intensidad del combate, el audaz Paddy Mayne bajó de su jeep, corrió hasta un bombardero que había quedado indemne y colocó una bomba Lewes sobre el avión, que terminó volando por los aires.

Paddy Mayne, un distinguido oficial del SAS, que terminó sucediendo a David Stirling al frente de tan peculiar unidad de operaciones especiales.


Cuando los jeeps giraron al llegar al final de la pista, una pieza antiaérea disparó contra los británicos. Los muchachos de Stirling no se amedrentaron y apretaron el gatillo, disparando contra cualquiera que osase interponerse en su camino. La intensidad del fuego que acosaba a los británicos iba en aumento y algunos jeeps resultaron alcanzados. Quienes perdían sus vehículos se las arreglaban para subir a otros jeeps.


Después de castigar con implacable fuego el aeródromo, los jeeps se retiraron y emprendieron la huida a través del desierto. Pero la luz del día suponía una amenaza para las fuerzas de Stirling, pues podían ser presa fácil para la aviación enemiga.


Los diligentes alemanes enviaron aviones tratando de dar con el paradero de los hombres que les habían atacado en Sidi Haneish. Los SAS ocultaron sus jeeps con redes de camuflaje en un terreno con arbustos y esperaron pacientemente hasta la llegada de la noche. No querían arriesgarse a ser descubiertos en campo abierto.


El  convoy de cuatro vehículos que capitaneaba Stirling se topó con dificultades en su huida. Un vehículo tuvo que ser abandonado a causa de una avería. Los SAS que formaban parte del convoy de Stirling se vieron obligados a esconderse mientras sobre sus cabezas pasaban amenazantes los aviones de la Luftwaffe. Al reanudar la marcha, dos jeeps tuvieron que aminorar la velocidad a causa de problemas relacionados con los neumáticos. El único jeep que parecía librarse de las complicaciones mecánicas y del desgaste que causaba el terreno en los neumáticos terminó por averiarse.


Pese a las complicaciones sufridas, el grupo de Stirling logró regresar al campamento. Tras desayunar, David Stirling se dirigió hacia sus hombres y no lo hizo precisamente para felicitarles. Un descontento Stirling reprendió a sus hombres diciendo que habían disparado a lo loco, malgastando la munición y dejando aviones intactos en el aeródromo. Pero el resultado de la incursión, pese a las palabras de Stirling, había sido un éxito: 30 aviones enemigos destruidos y varios dañados.

David Stirling, junto a sus tropas del SAS, auténticos corsarios del desierto.

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