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Los Raiders, la punta de lanza del Cuerpo de Marines en el Pacífico

No cabe duda de que el Cuerpo de Marines fue la espina dorsal de las fuerzas estadounidenses en las campañas de los atolones en el Pacífico. Dentro de esta fuerza de élite, cabe destacar a los Marines Incursores o Raiders, una unidad creada para emprender operaciones especiales. Para conocer a esta fuerza de combate contamos con la magnífica colaboración del historiador y bloguero Juan José Ortiz, quien lleva años realizando un estupendo trabajo de divulgación histórica en el blog El cajón de Grisom. Sin más dilación, en compañía de nuestro amigo Juanjo, vamos a acercarnos a este grupo de valientes que llevó a cabo audaces acciones en el Pacífico.

Cuando los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D. Roosevelt, impresionado por los éxitos de los comandos británicos y alemanes en Europa, pidió al Cuerpo de Marines que creara unidades similares a los comandos. Estos fueron los Marines Incursores (Marine Raiders) aunque al comienzo se llamaron Marine Commandos. Los Raiders tenían como misión realizar incursiones anfibias independientes y colaborar con otras unidades de los Marines como punta de lanza en operaciones de mayor envergadura.

Emblema de los Raiders del Cuerpo de Marines.

Durante el año 1942, en el océano Pacífico, en el largo camino a Japón, saltando de isla en isla, hicieron incursiones profundas tras las líneas enemigas en Guadalcanal y organizaron un efectivo ataque sorpresa en la isla Makin.

La mayor operación que realizarían los Raiders fue en la isla de Boungainville, una de las mayores del archipiélago de las Salomón, en el mes de noviembre de 1943. Hombres del 2º y 3º batallones de Marines Incursores se situaron a la vanguardia de una invasión que sería llevada a cabo por la 3ª División de Marines.

Los japoneses habían establecido defensas en Boungainville con cinco aeródromos y unos 40.000 soldados. Por ese motivo los planificadores eligieron comenzar la operación en el cabo Torokina, en la costa sudeste de la isla, rodeado de pequeñas y estrechas playas con un mar difícil y agresivo, alejadas del resto de la isla por pantanos, selvas y montañas. El peor sitio para un desembarco convencional, pero el mejor para un ataque por sorpresa de un grupo de comandos.

La sorpresa se hizo patente cuando los Marines desembarcaron y se encontraron con unos pocos cientos de soldados japoneses y un único cañón de 75mm como defensa, pues tan dura orografía hacía impensable un desembarco en esa zona de la isla. A pesar de ello los infantes japoneses defendieron valerosamente la posición ametrallando las barcazas de los Marines Incursores. El 2º batallón de Raiders tomó unas trincheras que se encontraban a unos 30 metros de la playa y el 3º se dedicó a asegurar un islote que se encontraba frente a la costa.

Tras asegurar la playa y el islote, los Marines avanzaron tierra adentro atravesando la selva por un sendero, que apenas se adivinaba entre la maleza, con la misión de tomar el cruce entre los caminos de Piva y de Numa Numa, de gran importancia por ser dos caminos que comunicaban bases aéreas japonesas y el principal acceso terrestre al cabo Torokina. El cruce se encontraba a unos 5 kilómetros del punto de desembarco, pero los Marines Incursores necesitaron una semana en alcanzarlo debido principalmente a los francotiradores que se fundían con la selva.

Para limpiar de francotiradores su camino los Raiders emplearon tácticas poco usuales para la guerra en la selva. En ocasiones enviaban algún vehículo blindado ligero, que era un objetivo suculento para el soldado japonés, que en ocasiones se lanzan a bayoneta calada contra el vehículo, que lo aplastaba o liquidaba con sus ametralladoras. Si la selva era demasiado tupida para el paso de los vehículos utilizaban perros especialmente adiestrados para oler a los soldados japoneses, normalmente  de raza pastor alemán o doberman. Otras veces rociaban la maleza con ráfagas de ametralladora y volvían a disparar a los soldados aparentemente muertos, pues los japoneses solían fingir estar muertos para después atacar por la espalda o rendirse para luego abrir fuego o inmolarse con una granada.



Cuando se encontraban a tan solo 300 metros del cruce de caminos, Marines y japoneses se vieron obligados a salir a terreno descubierto para luchar prácticamente a punta de bayoneta. Después de dos días de combates cuerpo a cuerpo, las tropas japonesas se retiraron y el cruce cayó en manos de los Marines Incursores, aunque por las noches recibían ataque esporádicos de grupos de japoneses que se infiltraban entre los Marines.

Finalmente, en enero de 1944, los Marines Incursores fueron disueltos y encuadrados en otras unidades de Marines donde aportarían su experiencia de lucha contra las duras tropas japonesas.

Fuente:
From Makin to Bougainville: Marine Raiders in the Pacific War, de Jon T. Hoffman

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