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Arnhem, después de la batalla: hambre y represión

La conclusión de los combates en Arnhem y Oosterbeek no supuso el final de la pesadilla para los holandeses que allí vivían. Tras la batalla, la represión y el hambre se cebaron con sus habitantes.

Los holandeses, que tan decididamente habían salido a las calles a recibir a los aliados como liberadores, se toparon con la venganza de los alemanes. Si la batalla había costado la vida a 2.200 civiles y otros 10.000 habían sido heridos, los días siguientes no fueron mucho mejores. Los alemanes desalojaron la ciudad, expulsando a sus habitantes de sus hogares y tomando a mujeres y niños como rehenes ante las huelgas.

Unos cuarenta mil civiles holandeses fueron trasladados a territorio alemán para desempeñar trabajos forzosos, mientras que las autoridades de ocupación denegaban el reparto de alimentos entre los civiles.

Para colmo de males, con la derrota aliada en Arnhem a finales de septiembre de 1944, los aliados habían perdido interés en el país y sus atenciones se desviaban hacia el este del río Rin, en Alemania. Así, en opinión de los aliados, el final de la dura ocupación que padecía Holanda pasaba por la derrota definitiva del Tercer Reich.

Con los alemanes acaparando las existencias de productos alimenticios básicos como cereales, leche, huevos y también en posesión del ganado, la hambruna se extendió por el país, haciéndose especialmente dura en las principales ciudades (La Haya, Ámsterdam y Rotterdam). En esta tesitura, la población de las ciudades debía recorrer grandes distancias para conseguir comida, desplazándose hasta el campo para intercambiar sus objetos más preciados por bienes de primera necesidad como los alimentos. Sin embargo, llegó un momento en que ya no había trueque posible.

Civiles holandeses aquejados por la hambruna transportan comida.

 

La situación se agravó y las enfermedades se extendieron por el país. La fiebre tifoidea castigó Ámsterdam, mientras que Rotterdam sufrió los efectos de la difteria y la mortalidad de la tuberculosis aumentó de forma alarmante. El hambre y el frío también fueron el caldo de cultivo necesario para que proliferasen las anemias.

Aquel invierno holandés fue toda una pesadilla para la población, con una alimentación para la población civil que, en su peor momento, llegó a reducirse a las 230 kilocalorías diarias. Mientras la inanición debilitaba los organismos de los holandeses y provocaba numerosas muertes, el frío obligó a utilizar el mobiliario para hacer leña. La escasez de madera provocó que se utilizase cartón como material para los ataúdes.

Niños holandeses debilitados por la falta de alimento.

 

Mientras tanto, el mercado negro proliferó, con la gente dispuesta a pagar precios descabellados por ciertos productos. Las autoridades no hicieron nada por impedirlo e incluso alemanes y funcionarios estaban implicados en el mercado negro. Tal era el hambre que algunos soldados alemanes alardeaban que no necesitaban ir a los burdeles para pagar por sexo, sino que simplemente podían conseguir chicas a cambio de un poco de comida.

La situación tampoco era especialmente halagüeña entre los civiles que vivían en los territorios ocupados por las tropas aliadas, pues recibían una dieta que suponía la tercera parte del alimento de un soldado aliado. Por ello, los niños pululaban cerca de las instalaciones militares en busca de algo que llevarse a la boca. Igualmente, las mujeres que habían mantenido relaciones con los alemanes, marchaban por las calles con las cabezas rapadas, sufriendo un fuerte rechazo social y, en muchos casos, terminaron ejerciendo la prostitución para poder subsistir.

El ejército británico alimenta a un grupo de niños holandeses.

 

Con las tropas aliadas del mariscal de campo Bernard L. Montgomery atravesando el Rin por Wesel, el 1º Ejército canadiense continuó combatiendo en Holanda. Así, a mediados de abril de 1945, la ciudad de Arnhem, por la que con tanta fiereza se había combatido en septiembre de 1944, fue liberada por soldados del ejército canadiense.

Sabedor de su apurada situación, el Reichskomissar Arthur Seyss-Inquart, como máxima autoridad alemana de la ocupación en Holanda, buscaba una manera de salvarse. Así, Seyss-Inquart estaba dispuesto a permitir la llegada de alimentos a tierras holandesas, a cancelar las ejecuciones y a poner fin a las hostilidades, siempre y cuando los aliados accediesen a negociar con él. Si los aliados se negaban, Seyss-Inquart amenazaba con dejar Holanda anegada por las aguas destruyendo los diques. A los aliados no les quedó más remedio que acceder a las peticiones de Arthur Seyss-Inquart. No obstante, Seyss-Inquart terminaría siendo ejecutado en la horca en 1946 tras ser declarado culpable por cometer crímenes de guerra.

Arthur Seyss-Inquart, Reichskomissar de Holanda.

 

Tras alcanzar un acuerdo con los alemanes, los bombarderos estadounidenses B-17 y los Lancaster británicos comenzaron a lanzar toneladas de alimentos en las regiones holandesas más castigadas por el hambre.

Llegado el 5 de mayo de 1945 y ante la inevitable derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, el general Blaskowitz firmaba la rendición de las tropas alemanas destacadas en Holanda, en Wageningen, no muy lejos de Oosterbeek, donde en septiembre de 1944 la 1ª División Aerotransportada británica había luchado por su supervivencia.

Tropas aliadas en la liberación de Arnhem (abril de 1945).

Mientras las tropas aliadas eran recibidas de manera entusiasta por los holandeses, estos veían a los holandeses en un estado tan deplorable y demacrado que les recordaban a los prisioneros de los campos de exterminio. Y es que, solo la hambruna se había cobrado entre 16.000 y 20.000 personas, eso sin tener en cuenta los fallecimientos por las enfermedades derivadas de la misma.

Con Arnhem especialmente castigada por los combates acaecidos durante la Operación Market Garden, el resto del país se volcó en su reconstrucción en 1945, con especial ayuda de los ciudadanos de Ámsterdam, quienes contribuyeron en buena medida en la reconstrucción. Tal había sido el nivel de devastación provocada por los combates en Arnhem que, hasta 1969, la ciudad no quedó totalmente reconstruida.

David López Cabia, autor de novela histórica ambientada en la Segunda Guerra Mundial, en el Airborne Museum de Oosterbeek, museo que es todo un tributo a quienes combatieron en la Operación Market Garden (agosto de 2016).

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