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Los "guardacostas": espiando a los japoneses en las Islas Salomón

Tras el decisivo triunfo estadounidense en la batalla de Midway, los estadounidenses continuaban combatiendo a los japoneses en Nueva Guinea, mientras que el almirante Nimitz se disponía a emprender la campaña de las Islas Salomón con la invasión de Guadalcanal.

La campaña de Guadalcanal, sin duda, ha quedado como una de las batallas más legendarias de la guerra del Pacífico. Una vez más, la información y el espionaje resultaron determinantes en las Salomón. Y es que, gracias a un puñado de británicos, neozelandeses y australianos, los aliados disponían de una detallada información de los movimientos de las fuerzas japonesas. Estos hombres, denominados “guardacostas”, daban parte de los movimientos de los nipones al capitán Feldt, de la Armada de Australia.

Este puñado de valientes, repartidos en los más de sesenta puestos de vigilancia que había ordenado disponer el capitán Eric Feldt, se las arreglaron para sobrevivir en las islas y ocultarse de los japoneses. De hecho, antes de que los marines desembarcasen en Guadalcanal, los japoneses habían sido alertados de la presencia de los “guardacostas”.

Uno de estos hombres era el australiano “Snowy” Rhoades. Instalado en una plantación de cocos cerca del río Hylavo (Guadalcanal), contaba con un equipo de radio para transmitir información. Sin embargo, cuando uno de sus confidentes le alertó de la inminente llegada de los japoneses, Rhoades optó por esconderse en la jungla. Y es que, los nipones pretendían amputarle manos y pies después de capturarlo. Desde entonces, un preocupado Rhoades, trataría de conciliar el sueño con una pistola oculta bajo la almohada.

Otro de estos valerosos hombres era Martin Clemens, comisionado británico en Guadalcanal. Oculto en la colina de Gold Ridge con sus exploradores, descubrió que los japoneses estaban erigiendo un aeródromo en la isla de Guadalcanal. Gracias a sus informaciones, los estadounidenses se apresuraron en enviar a la 1ª División de Marines a Guadalcanal.

Ya durante la batalla, mientras los marines soportaban un duro asedio. La batalla de Guadalcanal se libraba con gran fiereza por tierra, mar y aire. Los japoneses enviaban tropas, buques y aviones rumbo a Guadalcanal y, en la frondosa isla de Bougainville el subcomisionado Read alertaba puntualmente a los norteamericanos de la llegada de los escuadrones nipones. Gracias a los avisos de Read, los pilotos establecidos en el aeródromo de Henderson Field despegaban a tiempo para derribar a los aviones japoneses.

También en Bougainville, Paul Mason informaba de los movimientos de los buques japoneses. De hecho, en una ocasión, Mason advirtió que un total de 33 destructores y otros buques navegaban rumbo a Guadalcanal. Si bien es cierto que los norteamericanos perdieron numerosos barcos en las batallas navales por Guadalcanal, a mediados de octubre de 1942, lograron mandar a pique diez barcos de transporte y una serie de buques de guerra. De este modo, frustraron las tentativas japonesas por recuperar el control de Guadalcanal.

Más allá de las labores de vigilancia e información, los “guardacostas” de las Salomón también rescataron a marineros y pilotos. De hecho, en 1943 el reverendo A.W.E. Silvester, de nacionalidad neozelandesa, ayudó a los marineros del USS Helena, ocultándolos hasta que pudieron ser finalmente evacuados.

También el reverendo Silvester tomaba nota de los movimientos enemigos, pasando la información al neozelandés Donald Kennedy, quien, por radio, avisaba a los estadounidenses.

Precisamente Donald Kennedy, como administrador de la isla de Nueva Georgia, disponía de unos setenta nativos a los que proporcionó armas. Hombre de férrea disciplina, Kennedy castigaba los fallos de sus hombres atándolos a un barril y azotándolos. Si bien es cierto que el trato de los colonizadores era duro e incluso podía llegar a ser cruel, en los japoneses veían unos invasores terriblemente despiadados. Ahora bien, a pesar de la dura disciplina de Kennedy, éste logró persuadir a los nativos de que estaban combatiendo en el bando adecuado.

En marzo de 1943, el almirante Halsey decidió enviar a un puñado de hombres para efectuar un reconocimiento en Nueva Georgia. Los norteamericanos fueron recibidos de manera entusiasta por Kennedy y sus hombres, quien los condujo a su campamento en Segi. Aquella noche, como si se tratase de una estampa colonial, los criados sirvieron la cena a Kennedy y a los estadounidenses. Sin embargo, con la llegada del grueso de las tropas estadounidenses, el reinado de Kennedy llegó a su fin y su campamento fue derribado para erigir una pista de aterrizaje.

 

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