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Operación Bernhard, la falsificación de moneda como arma de guerra

En la Segunda Guerra Mundial, los alemanes lo intentaron todo para derrotar a los aliados: bombardeos aéreos, ataques con submarinos en las aguas del Atlántico e incluso el lanzamiento de sus cohetes V1 y V2. Más aún, trasladaron el campo de batalla a la economía. Estamos hablando de la Operación Bernhard, un plan para falsificar grandes cantidades de libras esterlinas y dólares estadounidenses.

Reinhard Heydrich, uno de los jerarcas nazis más despiadados, había maquinado una nueva idea para causar un daño terrible en la economía británica. El plan consistía en emitir una gran cantidad de billetes falsos e introducirlos en el circuito monetario británico.

El 8 de mayo de 1942, Bernhard Krüger, oficial de las SS, fue convocado ante Water Schellenberg, quien estaba al frente de la inteligencia alemana en el extranjero. Schellenberg le puso al corriente de su nueva tarea. Por orden del Reichsführer Heinrich Himmler, Krüger debía encargarse de una gran operación de falsificación de moneda británica.

Introduciendo grandes cantidades de dinero en Gran Bretaña, provocarían una inflación tan elevada que la economía británica se iría a pique. Para tal propósito, Krüger debía reclutar a un equipo de falsificadores de entre los prisioneros judíos que se hallaban en los campos de concentración. Estos hombres debían reunir una serie de habilidades muy específicas, como el dominio de las artes gráficas o ser especialistas en papel.

El oficial de las SS Bernhard Krüger.

 

Entre estos falsificadores cabe destacar el judío eslovaco Adolf Burger, un tipógrafo que estaba recluido en el campo de concentración de Auschwitz. Sus memorias, publicadas en 1983, se convertirían en un magnífico testimonio sobre la Operación Bernhard.

Adolf Burger, superviviente de la Operación Bernhard y miembro del equipo de falsificadores.

 

Así pues, una vez reclutado el equipo de falsificadores, se les envió al campo de Sachsenhausen, situado a unos 30 kilómetros de la capital alemana. Allí, en los barracones 18 y 19, los falsificadores judíos recibirían un trato más amable en comparación con la brutalidad que habían padecido en Auschwitz.

Entrada al campo de concentración de Sachsenhausen.

 

Krüger les informó de que su misión consistía en falsificar grandes cantidades de libras esterlinas. Debido al alto secreto de la operación, no podían tener contacto con el exterior.

En aquellos dos barracones de Sachsenhausen, los falsificadores disponían de un laboratorio de fotografía, seis imprentas y un taller de grabado. La vida cotidiana estaba muy alejada de la existencia de los presos corrientes de un campo de exterminio, pues se les permitía vestir ropa civil, recibían mejores raciones, disponían de su propia cama y de un armario para guardar sus pertenencias.

Bien es cierto que los prisioneros disponían de un médico, pero también debían evitar caer enfermos. Un accidente en el trabajo o la enfermedad podía costarles la vida. Puesto que los alemanes temían que sus planes para falsificar moneda trascendiesen más allá de los barracones, ejecutaban a los prisioneros enfermos en lugar de enviarles a la enfermería. Un total de siete prisioneros enfermos serían asesinados en el transcurso de la Operación Bernhard.

Krüger había recibido instrucciones de no emplear un trato demasiado cruel con sus prisioneros. Por ello, alternaba amenazas con recompensas y esperanzadoras promesas. Así, mejoró las raciones de los falsificadores, les permitió escuchar las emisiones de la radio alemana e incluso les proporcionó una mesa de pin pon. A pesar de ello, los prisioneros vivían aterrorizados, sabiendo que podían ser ejecutados si, desde arriba, decidían poner fin a la producción de moneda falsa.

Poniéndose manos a la obra, los falsificadores se esforzaron por hacer una réplica perfecta del sello Brittania (lo cual fue todo un desafío). Y es que, cada detalle debía ser copiado minuciosamente para producir billetes de 5, 10, 20 y 50 libras. Irónicamente, el depósito donde guardaban la moneda falsa recibió el nombre de “Banco de Inglaterra”.

El sello de Britannia, todo un quebradero de cabeza para los falsificadores de la Operación Bernhard.

 

Para comprobar la calidad de las falsificaciones, se canjearon unos cuántos billetes en el Reichsbank de Berín en 1943. La prueba fue todo un éxito y ninguno de los billetes fue identificado como una falsificación.

Tal fue el éxito de los billetes producidos por los falsificadores de Sachsenhausen que permitieron que una Alemania escasa de materias primas efectuase millonarios pagos en libras falsas. Y es que, a través de sus agentes, los alemanes canjeaban grandes cantidades de libras falsas en los bancos suizos.

Billete falso producido por los falsificadores de Sachsenhausen.

 

Ante el éxito cosechado, los alemanes irían un paso más allá y decidirían falsificar dólares estadounidenses. Este nuevo proyecto de falsificación comenzaría en septiembre de 1944.

Sin embargo, los prisioneros de Sachsenhausen escucharon noticias en la radio que hablaban del desembarco aliado en Normandía. Con los aliados avanzando y el régimen nazi desmoronándose, ralentizaron el proceso de falsificación.

En marzo de 1945, Krüger informó a sus prisioneros de que iban a ser trasladados. Los falsificadores creyeron que en realidad iban a ser ejecutados y que los nazis buscaban deshacerse de todo lo relacionado con la Operación Bernhard. Afortunadamente, no fueron ejecutados, sino que fueron enviados al campo de Redl-Zipf, en Austria, donde proseguirían con su trabajo en una mina. A pesar de ello, la falsificación del dólar no llegó muy lejos.

Corría abril de 1945 y el final de la guerra se acercaba. El temor de los prisioneros iba en aumento y Krüger les prometió que serían puestos en libertad. Sin embargo, los alemanes pretendían enterrarlos vivos en una mina. Por fortuna para los falsificadores, las tropas estadounidenses llegaron al campo de conentración antes de que los nazis llevasen a cabo su macabro plan.

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