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Tras los V-2 de Hitler

En la recién ocupada ciudad de Danzig, un 19 de septiembre de 1939, Hitler proclamó que utilizaría una nueva arma desconocida. La noticia no tardó en llegar a oídos de los aliados y los británicos empezaron a investigar. Aún ignoraban que terminarían enfrentándose a la pesadilla de los cohetes V-2.

El destacado científico británico Reginald Victor Jones, trabajando para el Ministerio del Aire, debía descubrir cuáles eran las nuevas y temidas armas del Tercer Reich.

Una misteriosa fuente no tardó en ponerles sobre la pista de las armas que los científicos alemanes estaban creando. Así, el 4 de noviembre de 1939, llegó una carta anónima a la embajada británica en Oslo. Dicha fuente se ofrecía a colaborar con Gran Bretaña. Los británicos aceptaron el ofrecimiento y, posteriormente, recibieron lo que se conoció como Informe Oslo, un documento que revelaba el funcionamiento de la tecnología de radar alemana y los torpedos magnéticos. Pero, lo realmente inquietante fue que el informe también indicaba que los alemanes estaban desarrollando un cohete de largo alcance.

En un principio, los británicos mostraron sus reticencias. Era demasiado bueno para ser verdad, una información sobre tecnologías militares muy diversas, lo que los llevó a pensar que podían estar ante un engaño por parte de los alemanes. Sin embargo, con el tiempo, la información se reveló veraz y los británicos recuperaron su interés por las importantes filtraciones de aquellos documentos. Y es que, el Informe Oslo fue una de las mayores filtraciones de información militar de la historia. En cuanto a la autoría del informe, correspondía a Hans Ferdinand Mayer, un científico alemán que dirigía el Departamento de Investigación de la compañía germana Siemens.

Los británicos consiguieron saber que los alemanes utilizaban sus instalaciones de Peenemünde como lugar para probar sus nuevos cohetes. Bajo la dirección del científico Werner von Braun, se desarrolló un primer prototipo denominado Aggregat-4 o A-4. Sin embargo, el interés de Hitler por esta clase de armas solo aumentó cuando se sucedieron los primeros reveses y se percató de que la guerra se prolongaría.

Werner Von Braun, ataviado con ropa civil entre militares alemanes.

 

El 20 de agosto de 1941 se reanudó el trabajo de investigación. En Peenemúnde, los prisioneros de guerra y los trabajadores forzosos de la Organización Todt, subsistían en condiciones espeluznantes. En las instalaciones subterráneas se desarrollaba una actividad febril y el A-4 fue rebautizado como V-2.

Si bien el resultado de la primera prueba, realizada el 13 de junio de 1942, fue decepcionante, el 3 de octubre de 1942, por fin se logró un ensayo exitoso. En vista de ello, Hitler ordenó la producción a gran escala de cohetes V-2, que solo pudo iniciarse hacia finales de 1943. El cohete V-2 era un arma nunca vista, con una velocidad tan elevada que hacía que derribarlo fuese una misión imposible.

Sin embargo, fue una conversación grabada al cautivo general Von Thoma lo que puso en alerta a los británicos. Von Thoma, como general alemán capturado en África, fue grabado mientras hablaba de cohetes. De aquella grabación se extrajo información que desvelaba que los alemanes estaban probando y fabricando sus misteriosas armas en las instalaciones de Peenemünde. El tiempo corría en contra de los británicos y debían actuar antes de que fuese demasiado tarde.

Los reconocimientos aéreos demostraron que Von Thoma estaba en lo cierto. Así pues, urgía lanzar un demoledor bombardeo aéreo sobre las instalaciones de Peenemünde para eliminar la amenaza que suponían los cohetes V-2.

Fotografía de reconocimiento aéreo de las instalaciones alemanas de Peenemünde.

 

El 17 de agosto de 1943, unos 600 bombarderos de la Royal Air Force atacaron Peenemünde. Sin embargo, el bombardeo no logró arrasar las instalaciones y uno de los pilotos derribados confesó su objetivo y que los ataques proseguirían hasta neutralizar la amenaza. Así, los alemanes engañaron a los británicos no reparando las zonas dañadas, estratagema que les sirvió para librarse de los ataques aéreos durante varios meses.

La fabricación de cohetes V-2 empezó en septiembre de 1943. Soportando extenuantes jornadas, los prisioneros, trabajaron en instalaciones subterráneas, sufriendo un trato brutal y padeciendo las consecuencias de una más que insuficiente alimentación. A pesar de estar bajo vigilancia de los guardias de las SS, se las arreglaban para burlar a los guardias y sabotear los cohetes.

Estos sabotajes se plasmaron en la falta de efectividad de numerosos cohetes, pues aproximadamente la tercera parte resultaron ser defectuosos. De hecho, muchos V-2 explotaban al despegar o describían una trayectoria impredecible al elevarse.

Por su parte, los alemanes erigieron plataformas de lanzamiento en el norte de Francia, para lo cual emplearon ingentes cantidades de hormigón. Los sabotajes sufridos en las obras de construcción perpetrados por los propios trabajadores y los bombardeos aéreos de los aliados contribuyeron a destruir las plataformas de lanzamiento ubicadas en Francia.

Hitler decidió trasladar su proyecto de las V-2 a un lugar más resguardado: Blizna, una localidad rodeada de bosques y situada en el sur de Polonia. Allí comenzaron los trabajos en el otoño de 1943. Para conferir más secretismo a aquel lugar, los alemanes desplegaron maniquíes, perros de yeso, cabañas abandonadas y falsas vacas de madera. Igualmente, la seguridad fue reforzada con tropas de las SS, verjas electrificadas y cañones antiaéreos.

Cohete V-2 en Blizna.

 

Durante un tiempo, los alemanes consiguieron hacer que aquel remoto lugar pasase desapercibido a ojos de los polacos. Pero en noviembre de 1943, la actividad militar aumentó hasta tal nivel que los polacos comenzaron a sospechar.

Un accidente letal de tráfico costó la vida a tres técnicos alemanes que trabajaban en el campo de Blizna. Los alemanes, preocupados, no dejaron de preguntar en el hospital por sus tres hombres. Fue entonces cuando llegó a oídos de la resistencia polaca que los tres fallecidos desempeñaban una labor vital en Blizna.

Los hombres de la resistencia se desplazaron al lugar y, uno de ellos, escuchó de manos de un guardabosques que en Blizna sucedían cosas extrañas. Vuelos de aviones y explosiones. Los resistentes polacos no tardaron mucho en fotografiar los vuelos de los cohetes V-2.

No solo fotografiaron los temidos cohetes, sino que también descubrieron una vía de tren que conducía a Blizna. Un agente polaco conocido como Makary descubrió los trenes cargados con los enormes proyectiles. Curiosamente, todos los vagones hacían referencia a la ciudad de Wroclaw, que era de donde procedían los proyectiles. La resistencia polaca investigó en Wroclaw y descubrió que los cohetes llegaban desde Turingia.

Más sucesos captaron el interés de los polacos, pues una aeronave se estrelló en una finca próxima a Lublin. Mientras, desde la localidad de Sarnaki, la resistencia fue informada de tropas alemanas manejando aparatos de radio y explosiones que se producían en el aire. Así, estas fuertes detonaciones pasaron a ser algo habitual pero terriblemente misterioso en Sarnaki.

Asustados por las explosiones, muchos vecinos de Sarnaki abandonaron la localidad, aunque también hubo lugareños que recogieron fragmentos de las enigmáticas bombas. Por su parte, los alemanes exigían que se les entregasen las piezas caídas de los cohetes y amenazaban con castigos a quienes obstaculizasen su trabajo. Era más que evidente que estaban probando sus cohetes V-2.

Por su parte, los resistentes polacos desplazados a Blizna, proporcionaron información detallada sobre el campo de pruebas alemán en la zona. Puestos sobre aviso, los británicos solicitaron piezas de los cohetes a sus amigos polacos.

En mayo de 1944, en Sarnaki cayó un cohete V-2 que no explotó. Un campesino informó al doctor Korczik que un proyectil había caído en una marisma. Korczik envió a su hermano junto con el campesino al lugar donde yacía en el barro el enorme V-2.

Los alemanes estaban tras el cohete, por lo que los polacos fotografiaron el V-2 y lo escondieron. Después de varios días de búsqueda, las tropas alemanas no lograron encontrar el cohete. Los polacos regresaron y desmontaron la ojiva frontal y ciertas piezas direccionales, arrojando el resto del cohete al fondo del río Bug.

Restos de un V-2 recuperados en el río Bug.

 

Los componentes del cohete y el combustible fueron enviados para su estudio a Varsovia y los británicos respondieron enviando especialistas desde el sur de Italia para llevarse las piezas y estudiarlas.

El 26 de julio de 1944, en una zona de Polonia en la que la presencia militar alemana era notoria, llegaron los especialistas de los aliados. Cargaron los componentes del V-2 a bordo de un avión C-47 Dakota, pero una pista de aterrizaje embarrada les impedía despegar. Tras varios intentos, con los alemanes cerca, los polacos desenterraron las ruedas del avión y pusieron ramas sobre las ruedas. El C-47 consiguió despegar con su valiosa carga rumbo a territorio aliado.

El proyectil fue estudiado en Londres, aunque se descubrió que no podía ser neutralizado mediante perturbaciones en las ondas y que su velocidad (que superaba la del sonido) lo hacía imposible de interceptar.

El 8 de septiembre de 1944 la pesadilla comenzó y los alemanes lanzaron sus primeros cohetes, primero sobre París y luego sobre Londres. Otras ciudades como Aquisgrán y Amberes sufrirían con especial virulencia el diluvio de los temidos V-2. Hubo que esperar hasta el 10 de noviembre para que el primer ministro británico Churchill declararse que se enfrentaban a una nueva arma ante la que no había defensa posible.

Ante la incapacidad para interceptar los cohetes dada su elevada velocidad, los agentes dobles aliados informaban de un rango de alcance superior al real. De este modo, los alemanes, al ajustar el lanzamiento, se quedaban cortos y no alcanzaban las grandes ciudades. Habría que esperar hasta el 27 de marzo de 1945 para que se lanzase el último cohete.

Cohete V-2 exhibido en las calles de Amberes en 1945.

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