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Operación Downfall, planes para invadir Japón que nunca se ejecutaron

Tras la batalla de Okinawa, el siguiente paso para las fuerzas estadounidenses era la invasión de las islas principales de Japón. Todo hacía presagiar una sangrienta campaña, pues el soldado japonés ya había dado prueba de su determinación y fanatismo.

La invasión de Iwo Jima y Okinawa había supuesto un amargo peaje para los estadounidenses. Si la resistencia en ambas islas había sido terriblemente encarnizada, la proyección de bajas para tomar islas como Kyushu o Honshu era sencillamente espeluznante.

Por aquel entonces, Japón se hallaba desconectado de sus colonias y su economía estaba seriamente tocada. El bloqueo marítimo se hacía sentir en el archipiélago nipón, cuya población padecía una acuciante escasez de alimentos. La antaño poderosa Armada Imperial no era más que un recuerdo del pasado, pues tras su derrota en la batalla de Leyte la flota nipona había quedado diezmada. De hecho, el acorazado Yamato, el buque insignia de la Armada Imperial, había sido hundido durante la campaña de Okinawa.

Marines combatiendo en la batalla de Okinawa.

 

Asimismo, los bombarderos del general Curtis LeMay arrasaban las principales ciudades japonesas con sus bombardeos incendiarios. El napalm provocaba enormes incendios al ser arrojado sobre las viviendas japonesas construidas de madera, paja y papel. Alrededor de 700.000 personas habían perdido la vida en los bombardeos y unos 10 millones de japoneses habían perdido sus hogares.

Bombarderos B-29 lanzan su mortífera carga sobre suelo japonés en 1945.

 

Pese a la destrucción y las pérdidas sufridas, Japón buscaba librar una última gran batalla en suelo patrio. Con ello, pretendían doblegar el espíritu de lucha de los estadounidenses, causarles tantas bajas que, hastiados de la guerra, se viesen forzados a llevar a cabo unas negociaciones que permitiesen una paz honrosa a Japón.

Por su parte, los estadounidenses diseñaron la invasión de Japón en lo que se conoció como Operación Downfall. Dicha operación militar se dividió en la Operación Olympic, que implicaba la conquista de Kyushu y la Operación Coronet, que suponía la toma de la isla de Honshu.

Para el asalto a Kyushu se eligió al 6º Ejército de Estados Unidos del general Krueger, que estaría integrado por 9 divisiones del ejército y 3 divisiones de infantería de marina. Como zona de desembarco se eligió la bahía de Ariake, Miyazaki y una zona al sur de Kushikino. Tras desembarcar, las tropas estadounidenses avanzarían tierra adentro y consolidarían una cabeza de puente. Posteriormente, los ingenieros construirían aeródromos y bases logísticas.

Con Kyushu conquistada, la siguiente fase sería la conquista de Honshu. Las fuerzas encargadas de asaltar Honshu eran los ejércitos 1º y 8º de Estados Unidos. Los desembarcos debían efectuarse en la bahía de Tokio, empleando para ello tres divisiones de infantería, división de marines y una división blindada. Desde allí, se marcharía sobre la llanura de Kanto para caer sobre Tokio y las principales áreas industriales. Cabe señalar que la fuerza inicial aumentaría hasta alcanzar las 25 divisiones para lograr los objetivos marcados.

La fecha del asalto a Kyushu se fijó para el 1 de noviembre de 1945, mientras que se estimó que la invasión de Honshu se llevaría a cabo en la primavera de 1946. A simple vista, una campaña tan larga resultaría inadmisible para el pueblo americano. Semejante propósito suponía el despliegue de 800.000 hombres, alrededor de 9.000 aviones y 22 portaaviones entre muchas otras fuerzas.

Se calculaba que las fuerzas japonesas en Kyushu estarían formadas por un máximo de 350.000 hombres, aunque en realidad es que su tamaño rondaba el medio millón de hombres. Asimismo, la toma de Kyushu se antojaba sangrienta, con alrededor de 220.000 bajas estimadas para los invasores.

En su sagrada empresa de defender la patria, Japón estaba dispuesto a movilizar a medio millón de hombres, recurrir a miles de kamikazes y enviar 3.300 embarcaciones suicidas contra la flota americana. Su estrategia se basaba en producir tal hastío en los estadounidenses que desistiesen de proseguir con la guerra.

Bien es cierto que los recursos de Japón eran mínimos y que su última baza pasaba por una gran batalla de desgaste en Kyushu. Para el presidente Truman, conseguir la rendición incondicional de Japón se antojaba francamente complicado. De ahí que decidiese emplear una nueva arma de efectos tan devastadores como aterradores: la bomba atómica.

Bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

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