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Ficción y realidad unidas a través de "La última isla" y Seiko Hokama

Cuando comencé a escribir mi novela “La última isla” en el verano de 2013 no imaginé que el libro pudiese llevarme a conocer al hijo de un japonés que combatió en Okinawa. Ariel Hokama, afincado en Buenos Aires, leyó "La última isla" y me felicitó por el libro, que le recordaba a la experiencia de su padre como combatiente del bando japonés en la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, voy a hablaros del padre de Ariel Hokama. Su historia ilustra a la perfección la tragedia de la guerra y la lucha por la supervivencia en un escenario de pesadilla. Por ello, en este blog quiero aprovechar esta oportunidad para rendir tributo a Seiko Hokama y a su hijo Ariel.


Seiko Hokama nació en Okinawa, siendo el sexto de nueve hermanos y hermanas. Hokama fue uno de los pocos habitantes del pueblo de Aza-Taira en terminar sus estudios de nivel medio. Fue reclutado con tan solo 17 años, meses antes de que las fuerzas estadounidenses iniciasen la invasión de Okinawa. A pesar de ser instruido por el Ejército, terminó siendo cedido a la Armada.


El periodo de formación no fue fácil, pues la disciplina en las filas niponas era férrea. A las tropas se les inculcaba el código del bushido, es decir, debían morir antes que vivir en la ignominia de la derrota. En su etapa de instrucción también fue testigo del modo en que se veneraba al Emperador, al que se consideraba una divinidad y vivió el adoctrinamiento al que les sometían los militares, que proclamaban la superioridad de los japoneses sobre el resto de pueblos asiáticos.


La guerra terminó tornándose adversa para Japón y los estadounidenses avanzaban decididos hacia las islas principales del archipiélago nipón. El paso previo para la invasión de las islas más importantes era la conquista de Okinawa. La isla era un lugar apacible, exuberante y frondoso. Allí la tierra era fértil, pero los oficiales y suboficiales trataban a los habitantes de Okinawa como japoneses de segunda clase. Éstos llegaron a mostrarse particularmente crueles con la población civil.


El ejército comenzó tratando con indiferencia a la población de Okinawa, pero la proximidad de la guerra trajo consigo tensiones. Se confiscaron alimentos y se empleó la violencia contra los habitantes de Okinawa. Muchos mandos militares despreciaban a la población, los consideraban inferiores por dedicarse a la agricultura y por tener influencias culturales mongolas y chinas.


Ante la inminencia de la invasión y para protegerse de la potencia de fuego norteamericana, los japoneses optaron por refugiarse en las cuevas de Okinawa. Pese a que se les exigía que luchasen hasta el final y diesen la vida por el Emperador, muchos, en sus momentos más íntimos desnudaban sus temores y sus sentimientos, pues anhelaban regresar con sus seres queridos y deseaban sobrevivir.


El horror de la guerra no solo afectó a los soldados. Los civiles se llevaron la peor parte, pues fueron utilizados como bombas humanas, e incluso hubo soldados nipones que se disfrazaron de civiles para atacar a los norteamericanos.


El 1 de abril de 1945 los marines y el ejército de los Estados Unidos desembarcaron en Okinawa. A medida que los estadounidenses se internaban en la isla, los combates se recrudecían. Para añadir más sufrimiento a la miseria diaria del soldado, las lluvias asolaron Okinawa. El terreno quedó completamente embarrado y las condiciones en el campo de batalla se tornaron repugnantes mientras el aroma de la fetidez flotaba en el aire.


Pero, ¿cuál fue la participación de Hokama en Okinawa? Pues bien, Hokama contribuyó a preparar las defensas del primer anillo de Shuri y posteriormente se encargó de salir de patrulla. Así fue como Hokama fue testigo de la barbarie de la guerra, quedando impresionado por la omnipresencia de los muertos. Las escenas que presenció Hokama son muy similares a las descritas en “La última isla”, con las moscas revoloteando alrededor de los cadáveres y aspirando el nauseabundo hedor de la putrefacción de los cuerpos sin vida.

Seiko Hokama en 1945.

 

En plena refriega con los estadounidenses, Hokama resultó herido. La explosión le provocó heridas en la cabeza, la espalda y la rodilla derecha. Consiguió escapar con la ayuda de sus compañeros de armas, que terminaron dejándole inconsciente en el campo. Un estadounidense encontró a Hokama, que tras comprobar si estaba armado, le dio chocolate y le llevó en brazos hasta un hospital de campaña. Una vez en el hospital fue atendido, le dieron comida y Coca-Cola. Hokama parece guardar un buen recuerdo de aquel día, prueba de ello es que decía que era un día hermoso y soleado. Permaneció como prisionero de guerra hasta diciembre de 1945. El propio Hokama afirma que los estadounidenses le trataron mejor que los japoneses.

Seiko Hokama visita el campo en el que fue capturado por los estadounidenses.


Tras la guerra, ante la falta de personas con formación, los estudios de Hokama le valieron ser nombrado “sensei” de un grupo de huérfanas. En 1950 Hokama emigró a Buenos Aires (Argentina), donde trabajó en una tintorería y terminó formando una familia, siendo padre de dos hijos, entre los que se encuentra mi ilustre lector Ariel.

Seiko Hokama con las huérfanas a las que cuidó tras la guerra.

 

En las reuniones familiares de okinawenses, Ariel y su hermano escuchaban las historias de guerra de sus padres y abuelos. El abuelo materno de Ariel había sido soldado del Ejército Imperial en China y les reprochaba a Hokama y a su propio hijo (marinero del Ise) no haber muerto en la guerra.

Seiko Hokama visita los monumentos a los caídos en 1981.

 

Hokama en una reunión familiar.

 

¿Y qué fue de Okinawa? La isla continúa siendo un lugar frondoso, paradisiaco incluso. En su favor hay que decir que Okinawa cuenta con los índices de esperanza de vida más elevados de una nación tan desarrollada como Japón. A pesar de todo, Okinawa no está exenta de problemas y es que, la presencia de bases militares estadounidenses ha provocado importantes tensiones. Un triste incidente tuvo lugar cuando la población de Okinawa se manifestaba contra la construcción de instalaciones militares estadounidenses. La policía, enviada desde Osaka, llamó “dojin” (gente primitiva) a quienes se manifestaban mientras los reprimían.


He de decir que me ha conmovido profundamente la historia de Hokama, y le agradezco a su hijo Ariel que me haya contado las vivencias de su padre. Me ha emocionado constatar que uno de los protagonistas de “La última isla” ha pasado por experiencias muy similares a las de Hokama. Cuando escribí la novela no imaginé que las vivencias de Hokama se asemejasen tanto a las del personaje de Saito. Ariel ha reconocido que uno de los incidentes que reflejo en la novela está dotado de una gran dosis de realidad. En el incidente al que se refiere Ariel, el ganado obstaculiza el paso de las tropas japonesas, por lo que el oficial al mando responde con brutalidad contra la población civil. Me esforcé mucho por estudiar la mentalidad nipona y por zambullirme en la psicología del soldado japonés y según las felicitaciones de Ariel parece que lo he conseguido. Para mí, es una inmensa satisfacción contar con el reconocimiento de un lector como Ariel, que conoce de buena tinta la tragedia de Okinawa.


Quiero mostrar mi más sincero agradecimiento a Ariel por su generosidad para poder contar la historia de Seiko Hokama, que ante todo es un testimonio de lucha, valor y supervivencia.

 

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comentarios ( 2 )

  • Enlace al Comentario Joaquín García Andrés Joaquín García Andrés Octubre 19, 2017

    Increíble historia personal al hilo de otra no menos singular novela. Un japonés residente en Argentina lee una novela de un español y ¡surge la chispa de las coincidencias! La vida tiene estas cosas que ponen de manifiesto que el llamado "efecto mariposa" es más cierto de lo que llegamos a imaginar y que "la realidad supera a la ficción". Seguro que esta circunstancia vital inspira una nueva novela histórica o una historia novelada. Gracias por compartir esta perpipecia vital.

  • Enlace al Comentario Pilar Blanco Lozano Pilar Blanco Lozano Octubre 24, 2017

    ¡Qué historia de coincidencias tan bonita y emotiva!. Las nuevas "autopistas" de la comunicación lo han hecho posible. Ellas colaboran a la difusión de la cultura y han propiciado a su vez el "encuentro" de estas dos personas, Ariel y David, tan distantes en el espacio pero tan cercanas y unidas ahora por este nexo en común. Gracias a ambos por hacernos participes de vuestro mutuo descubrimiento.

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