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Los últimos kamikazes

La destrucción y las muertes provocadas por las bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki terminaron por forzar la rendición japonesa. El 15 de agosto de 1945, los nipones escucharon al emperador Hirohito dirigiéndose a la nación con su característica voz aflautada. Pese a evitar pronunciar palabras como rendición, Hirohito habló de “soportar lo insoportable” y “aguantar lo inaguantable”.

Los súbditos del emperador se mostraron obedientes. Tan solo unos pocos continuaron resistiéndose a los estadounidenses. Para evitar que los más fanáticos utilizasen los aviones en misiones suicidas, en la ciudad de Tokio, se desarmaron los aviones y se vigilaron las hélices.


Tal aflicción provocó el fin de la guerra en cientos de militares, que muchos se suicidaron recurriendo al hara-kiri (rajándose las tripas). El almirante Onishi, creador de las unidades kamikaze, fue uno de los que tomó esa determinación: rajándose el abdomen y apuñalándose el pecho y la garganta.


En la isla de Kyushu, sintiendo vergüenza, el almirante Matome Ugaki (en la fotografía que encabeza el artículo) escuchó la alocución del emperador Hirohito. Ugaki decidió quitarse la vida participando en una última misión suicida contra los barcos estadounidenses anclados en Okinawa. El almirante consideraba que no estaba cometiendo un acto de insubordinación, pues aún no habían recibido el alto el fuego.


Tras brindar con el personal de su estado mayor, Ugaki tomó la espada corta de samurái, que era un presente del almirante Yamamoto y se encaminó hacia la pista de aterrizaje. Once aviones Susei permanecían alineados en tierra para un último ataque suicida. Sus pilotos, con las cintas blancas decoradas con el emblema rojo del sol naciente insistían en acompañar a su almirante.


Así pues, Ugaki y sus hombres despegaron con la puesta de sol. Tres aviones regresaron a Kyushu alegando sufrir problemas de motor. Sobre las 19:24 horas, Ugaki envió un último mensaje a Japón en el que expresaba sus intenciones de atacar a los barcos estadounidenses con el espíritu de un guerrero japonés. Para terminar, Ugaki se despidió con el característico grito de guerra japonés: ¡Banzai!


En la isla de Iheyajima, cerca de Okinawa, la tripulación estadounidense de una lancha permanecía en actitud relajada, bebiendo cerveza. En el firmamento vislumbraron varias aeronaves. La música de jazz sonaba a través de los altavoces. Entre los estadounidenses hubo quienes saludaron a los aviones. Los japoneses dispararon, las luces se apagaron y los estadounidenses respondieron con fuego antiaéreo.


La suerte de los nipones fue funesta: quienes no fueron derribados terminaron estrellándose. Por la mañana, la dotación de la lancha encontró los restos de un avión. El Susei era una aeronave biplaza, pero en su lugar encontraron tres hombres muertos, uno de ellos iba ataviado con un uniforme verde, había perdido el brazo derecho, su cabeza estaba aplastada y a su lado reposaba una pequeña espada. Posteriormente, los estadounidenses procedieron a extraer los cadáveres y los enterraron en la arena.


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