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París tras la liberación, mercado negro, gánsteres y fiesta

El 25 de agosto de 1944, después de una intensa lucha en Normandía, tropas de la 2ª División Blindada francesa, entre las que se hallaba la 9ª Compañía integrada por republicanos españoles, liberaban París. Las imágenes de Charles De Gaulle paseando por las calles de la capital francesa y de los soldados estadounidenses desfilando ante el Arco del Triunfo dieron la vuelta a todo el mundo. Parecían tiempos de esperanza, sin embargo, los males de París no finalizaron con la liberación.

Si bien el alcohol abundaba en las calles de París, los servicios más básicos escaseaban. Así, había escasez de servicios de transporte como taxis y autobuses, mientras que era difícil conseguir agua caliente o productos básicos para la higiene como el jabón. La escasez de ciertas materias primas provocó que las mujeres caminasen con zapatos con suelas de madera.

Otro ejemplo muy ilustrativo fue que una cuerda de leña podía alcanzar la desorbitada cifra de 6.000 francos en el mercado negro. Precisamente la falta de leña condenaría a los ciudadanos parisinos a sufrir con todo el rigor un gélido invierno. Así, en aquel glacial invierno, los músicos de la ópera de París iban ataviados con capas y el público se cubría con mantas. Incluso el crematorio de París solo disponía de gas para funcionar durante dos horas al día, lo que daba lugar a deficientes incineraciones de los cadáveres.

Hacia noviembre de 1944 llegaron mejoras y la ciudad se convirtió en un lugar de deleite para las tropas que llegaban de permiso. Mientras tanto, los aliados coparon los mejores hoteles, como el Majestic, dónde se asentó el Tribunal de Justicia del COMZ (Zona de Comunicaciones). También el generalato se alojó en establecimientos como el Hotel Palais Quay d’Orsay. Los hoteles no solo eran lugares donde pernoctar, pues era habitual ver comer a los oficiales aliados en el Hotel Meurice, que había sido el refugio final del general Dietrich Von Choltiz durante la defensa de París. Más aún, en el Grand Hotel Boulevard des Capuchines era posible ver tocar a Glenn Miller. Hasta las instalaciones de la entidad bancaria J.P. Morgan sirvieron como oficinas para el SHAEF (Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas).

Sometidos a una gran tensión fruto de los combates, los soldados querían dar rienda suelta a sus apetitos carnales, por lo que proliferaron los burdeles hasta alcanzar la cifra de 230. Ahora bien, también se estimaba que había unas siete mil mujeres ejerciendo la prostitución en las calles de París. A pesar de que las fuerzas aliadas establecieron puestos donde se proporcionaban profilácticos, los índices de enfermedades venéreas entre los soldados estadounidenses alcanzaron niveles realmente escandalosos.

Pese a que Charles De Gaulle ordenó cerrar las salas de baile al considerarlas contrarias al decoro, los cabarets siguieron operando de manera clandestina como ocurría en Montmartre. Entre estos cabarets cabe destacar el Sphinx.

Como anteriormente indicábamos, era sencillo obtener alcohol en París. El precio de la botella podía variar de los 6 a 12 dólares y si se conseguía a través de los cauces del mercado negro oscilaba entre 1,20 y 2,40 dólares. Sin embargo, quienes consumían champán tenían que devolver dos botellas para hacerse con una botella, pues existía una gran escasez de corcho.

El tabaco también fue otro objeto con el que se comerció en el mercado negro parisino. Si un paquete de cigarrillos Lucky Strike podía conseguirse por cinco centavos en un economato estadounidense, en las calles de París se vendía al precio de dos dólares.

Incluso las raciones del ejército formaban parte del amplio surtido del mercado negro, pudiendo venderse cincuenta tabletas de chocolates por un importe de 300 dólares. Especialmente llamativa es la anécdota protagonizada por los comandos británicos, pues gracias a la venta de 100 kilos de mantequilla por un precio total de 100 libras pudieron conseguir el dinero necesario para alojarse en el lujoso Hotel Ritz.

Una urbe como París se convirtió en refugio para los miles de desertores de los campos de batalla europeos. Estos hombres se convirtieron en verdaderos gánsteres, copando el mercado negro, protagonizando numerosos robos y enfrentándose incluso con armas de fuego a la Policía Militar. De hecho, vendían las raciones K del ejército a un precio unitario de 75 centavos.

En semejante contexto, la delincuencia proliferó, pues las autoridades aliadas llegaron a arrestar hasta a 10.000 personas en París. De hecho, ante la gran cantidad de actividades ilegales que tenían lugar en la capital francesa, París, como si se tratase de una urbe de gánsteres, fue bautizada como “Chicago-sur-Seine”.

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